domingo, 24 de enero de 2016

En el limbo del Rock

Al Mundo le da igual que seas un drogadicto. Lo que no perdona es la falta de talento. Ningún fanático le reprocharía a su cantante favorito[1] el hecho de que apareciera totalmente jodido en un bolo, bastaría con que hiciera acto de presencia y se mantuviese en pie siguiendo el teleprompter para que fuera recordado durante el resto de su vida tocando sus grandes éxitos. Al contrario, es lo que se espera, más o menos. Pero tú eres un currante igual de anodino que cualquiera en la oficina, y la drogadicción en la que te empeñas no es un eximente para tu conducta, es un agravante patético y bochornoso. Estoy seguro de que a nadie le importará lo que hagas fuera del horario laboral siempre y cuando estés listo al cien por cien para enfrentarte a otra nueva jornada, limpio y aseado. Tal capacidad es admirable e incluso te acercaría un poquito (solo un poquito) al estatus que merece cualquier componente del grupo de moda que se quede dormido durante una sesión de fotos, o se caiga del escenario al recibir un premio, o le pillen orinando contra un monumento histórico en un país extranjero, pues a falta de talento bueno es el talante; cuanto más mejor. Y cuanto antes te percates de que tu trabajo y tu condición no son la misma cosa, mejor. Llegados a este punto no me atrevería a convertir esta diatriba en una loa, pero desde aquí presento todos mis respetos a la cantidad de drogatas que por circunstancias varias he conocido a lo largo de mi vida y que se levantaban todos los días para ir a trabajar y sufragarse el vicio. Seamos sinceros, la cuestión es la siguiente: la droga no es ninguna enfermedad, es una elección, y no entiendo cuan especiales se deben de creer los yonquis que se dedican a pedir en el metro. Después de tu muerte incluso, sobre todo si ingresas en el club de los 27, la gente te recordará como un mártir si antes grabaste dos discos rompedores y galardonados con algún que otro Grammy. Pero nadie le verá  la puta gracia a que te despidan porque no paras de temblar, babear y cagarte en los pantalones, sales antes de tu hora y llegas todos los días tarde, no cumples con los plazos de entrega, robas material, te duermes, apestas, molestas, etc, etc. Así están las cosas, y deja que te aclare que no es para tanto: el 90 por ciento de los terrícolas cumplimos con el mismo propósito que, digamos, el 90 por ciento de las canciones de los Rolling: estamos de relleno, en el limbo del rock. Sin embargo, cierto es que tras sus monumentales farras sus satánicas majestades plus acólitos declarados suelen contar hasta bien entrada la tarde para ponerse en pie de nuevo. ¿Y qué? ¿Las comparaciones son odiosas, verdad? No todo el mundo puede componer canciones que llenen estadios. Y tampoco es tan malo estar sobrio si no sabes estar colocado, y aun menos si no te lo puedes permitir.










[1] El cosmos creativo se encuentra inundado de ejemplos que nos remiten a casi todas las disciplinas artísticas e intelectuales.