jueves, 25 de diciembre de 2014

EL FLASHAZO DEL TONTO

¿Aún no sabéis qué es el flashazo del tonto? Es cuando entras en una tienda de telefonía móvil y (durante un microsegundo) una célula fotoeléctrica activa un resplandor prácticamente imperceptible que pone en aviso al avezado dependiente de turno para que no te venda los auriculares con el móvil que elijas, porque eres tonto, pero que muy tonto, y la misión de tu vida es darle el coñazo a la gente con la música que escuchas[1].

 Feliz Navidad y prospero Año Nuevo. Recapitulemos.

Antes, la gente fumaba en el metro, y tenias que respirar el cáncer pulmonar del vecino sin chistar. Porque no había normativa restrictiva al uso (y todo el mundo se había hartado de ver a los médicos fumando durante sus descansos en las cafeterías y los vestíbulos y pasillos de cualquier hospital). Ahora bien, el fumador activo pasó a ser poco menos que un criminal de guerra el primer día que entro en vigor la prohibición de fumar en lugares públicos. Así es el españolito: un hombre de ley que resulta que odiaba en secreto llegar a casa oliendo a humo después de una farra[2]. Entiendo a Chuck Klosterman cuando escribió que fumar siempre le parecería una buena decisión; entiendo su visión del asunto cuando se refiere a una modelo neoyorkina esperando un taxi en mitad de la 5ª Avenida, con unos tacones de 15 cm, sin medias y con mini falda a cero grados, acercándose pausadamente un pitillo a unos labios rojos rojos rojos. Pero cuando el tipo que tienes al lado es un viejo que supura nicotina con cada gota de sudor, meterlos a los dos en el mismo saco ya no tiene la misma gracia. De hecho existe una variante del porno donde las actrices se entregan a una felación sin miramientos entre calada y calada, y creo que lo que quería expresar el bueno de Chuck tiene más visos de ser una metáfora del asunto en cuestión antes que cualquier otra cosa. Ya se sabe, cada uno tiene sus vicios, absolutamente respetables.

 Luego el metro se convirtió en la biblioteca más exuberante de la ciudad, y todos ganamos con el cambio. Al menos te enterabas de lo que estaba en boga en ese momento, es decir, del último best seller. De cualquier forma, era el mejor mundo de los posibles. Aunque supongo que antes se leía más que ahora y el mundo ha ido de mal en peor, Ilustración y Siglo de Oro de por medio, con lo cual estoy empezando a cuestionar que leer sea un ejercicio que haga a las personas estrictamente mejores (supongo que este blog es una prueba de ello). Pudiera ser que, por ejemplo, quienes nos gobiernan no hayan leído una sola línea en toda su vida y esto fuese la clave de muchas cosas, pero estoy convencido de que para obrar el mal tienes que haber aprendido primero el conjuro en el libro oscuro, porque, y no me cabe la menor duda, todo mal y todo bien esta documentado con el mismo interés. Así que, sinceramente, no sé a qué atenerme. La lectura no te hace peor ni mejor, da que pensar, y eso es peligroso. Porque quienes nos gobiernan no quieren que pensemos. Paradójico, ¿no?

Ahora la gente no levanta la cabeza de sus teléfonos móviles, y cada loco con su tema, y no hay problema alguno: no existe rastro de humareda toxica y cada cual sigue leyendo si le apetece, hasta el día que, precisamente, te toca tragarte el tema de marras de principio a fin.
Comprendo perfectamente que con trece o quince años no des para más ni para menos que para crearte una identidad a través de la música. O mejor dicho, para que otros la definan a través de ella. La música es tu primera intención política, y no pocas veces tu patrón al vestir. Entre otras cosas, esas canciones apelan de forma efectista a la erupción pélvica y desorden emocional tan característicos de la adolescencia. Estamos de acuerdo. Pero al resto de la gente le importa bastante poco lo guay que te creas. Ya han pasado por eso y en silencio, de manera tan personal e intima como, paradójicamente, pretendes anunciar al mundo tu existencia. Pero claro, la identidad en el mundo de Facebook e Instagram no es nada sin el concurso público, su repudio o la aceptación visceral o digital. A lo mejor el poder de la tecnología nos traiciona en manos de gente menos leída porque no posee naturaleza propia. En realidad tu móvil es más importante que tú cuando te confiere cierta personalidad y te arrebata el anonimato.
Como bien señaló en Esquire Buzz Aldrich, las fuerzas del mercado han acabado con la responsabilidad individual. Yo añadiría algo más: la responsabilidad individual parece basarse en el juicio de los demás, y así tendremos que esperar a otra regulación para que no dejen entrar en el metro a tanto gilipollas[3].








[1] ¿Y quién es ese dependiente para discutir el orden cosmológico del universo y su papel como instrumento del plan inteligente -aunque no sea muy inteligente llenar el mundo de idiotas?

[2] Ahora todo es tan aséptico que como se de mal la noche y no vuelvas a casa con un pedo que ni te lames, te preguntas si has salido de veras o no.

[3] Y este, queridos y queridas, es el principio de la corrección política, que es el cáncer de nuestra sociedad.