viernes, 5 de septiembre de 2014

AHORA QUE NO SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO

La vida sigue igual, y parece que no nos va tan mal. Pero ya se sabe, en España el deporte rey es mentir en las encuestas y después quejarse (el vicio nacional, beber en la puta calle).
Según los últimos sondeos (que para el caso aclaran lo mismo que los anteriores, lo cual me hace sospechar que el Instituto Nacional de Estadística no sirve para nada y sus trabajadores dedican tres cuartas partes de su jornada laboral a reciclar las predicciones del horóscopo para el mismo día del año siguiente), la mayoría de los españoles están desencantados con la clase política y los jóvenes actuales se interesan cada vez menos por ella[1]. Asombroso: ¿para qué vota la gente entonces? ¿De dónde sale tanto indignado al que no le importa la política pero que se presenta a votar cada vez que toca? ¿Por qué se manifiesta después? En realidad, ¿sirve de algo declararse en huelga?
Como decía, no debe irnos tan mal: según los estudios las generaciones del futuro le dan la espalda a la iglesia, aunque en pleno siglo XXI en la iglesia nunca hay paro. Lo sé a… ciencia cierta. No hace mucho tiempo que un viejo amigo sintió la llamada de la fe y en el claustro le recibieron con las puertas abiertas. Quizás sobren curas en el mundo, pero no en la iglesia española, que vive de espaldas a España y al mundo. Aún y así seguro que no nos va tan mal, aunque ya no seamos campeones del mundo. Bueno, a lo mejor la maquiavélica clase política lleva años utilizando el fútbol para lavarnos el cerebro en lo que sería la moderna versión de pan y circo[2]. Ah, ya me duele en el alma recordar cómo el deporte pudo ser el punto de partida para empresas mayores y que requerirían la unión de todo un pueblo. Véanse los ejemplos del mundial ganado por Alemania el verano que siguió a la caída del Muro o la final de la Copa del Mundo de Rugby sabiamente instrumentalizada por el venerado Nelson Mandela[3]. Debe ser que los intelectuales de siempre[4], los que llevan años vociferando contra el pan y el circo, no supieron aprovechar la ocasión para ponerse en primera fila, o les salían agujetas sólo de pensar en la última clase de gimnasia del instituto[5]. De todos modos nuestros insignes mandatarios tuvieron a bien ocuparse del amplio espectro de actividades que suplieran la indiferencia por el fútbol. Y, por ejemplo, han patrocinado sin complejo alguno y desde las más altas esferas de representación nacional y promoción internacional el arte (¿?) culinario, burbuja que estuvo a punto de estallar después del desmantelamiento de la nave nodriza que fue El Bulli, y que ha vuelto a primera plana con fuerzas renovadas y con no menos de un programa por cadena generalista en la que la emisión y la gravedad de trinchar un pato se puede equiparar a la operación a corazón abierto del mismísimo Jesucristo.
Llegados a este punto, lo mismo a alguien le da por pensar que, en realidad,  la odiosa difusión  del fútbol y sus maneras se debe, principalmente, al estúpido enfoque de los adalides del aparato estatal, es decir, los periodistas deportivos. Pero eso no lo admitirá ningún compañero que denuncie al titiritero en su libro o columna. Sí, colegas, finalmente se ha cumplido la predicción de Henry Miller cuando hablaba de los enemigos de cualquier sociedad: jueces, curas, políticos y periodistas. De lo que no cabe duda es de que estos tele-aperitivos incomodan menos a los líderes de la opinión publicada. Tal vez se identifiquen con los pinchos y las torrijas antes que con el flato y los sudores. Vete tú a saber… Quizás la gula les embote el cerebro o les llene la boca, y se vean incapaces, a dos carillos y chorreándoles la comisura de los labios, de preguntarse qué se hace con toda esa comida presentada ante el jurado después de cada programa. Creí que no tardarían demasiado tiempo, pero con la que está cayendo todavía no he oído a nadie poner el grito en el cielo (y digo el grito y en el cielo) para que tan suculentos manjares se ofrezcan en un albergue o comedor social en lugar de en un cóctel de pijos o bajo el patrocinio enmascarado de una cadena de radio en la gala de entrega de sus premios anuales[6]. Mira por donde, la alta cocina nos deleita con sus texturas y presentaciones pero no es apta para los paladares de quienes no se la pueden costear, tele-espectador de clase media incluido. Vaya, estoy convencido de que no existiría mejor degustador, o al menos que más lo necesite, que la gente que pudieras encontrarte en aquellos salones. El tiempo pasa en antena y todavía no he constatado queja seria ni denuncia lastimera sobre el asunto. Pero claro, estamos hablando de y degustando la jodida cultura al pil pil [7]. Ahora que no cesan de susurrarnos que comer es un placer (tanto o más que una necesidad), lo digo como lo siento, como un corte de digestión: la cultura es la nueva excusa, el nuevo palabro, un término secuestrado y a merced del significado infinito con el que pretendan glorificar cualquier tontería auténticos cantamañanas donde los haya. Vamos, una puta en sus manos. ¿Acaso se trata del problema crónico de identidad de un país donde nos gustaría tener un Estrella Michelín en cada esquina, y que venga una editorial francesa para decidir si somos cojonudos o no?[8] ¿Y cuál fue el acto fundacional de esta deriva? Recordad… La mítica criogenización de la albóndiga. ¡En guardia! ¡Quieren convencernos de que eso es lo mejor que le ha pasado a la cocina española! (que, por otra parte, nunca ha sido tan fina como el croissant y si consistente y de puchero: lentejas, potaje, fabada, tortilla de patata, estofado, migas, huevos fritos con chorizo… ¡Si hasta comemos los spaghetti con pan!). No te jode. La nouvelle cuisine patria no me parece tanto una burbuja culinaria como pretenciosamente intelectual, la burbuja de aquellos a los que le comen más los ojos que la boca. No sé, en todos los restaurantes adscritos a semejante idiotez yo veo el plato demasiado vacío para esa gente a la que le encanta comer. Ay, por favor… Con el hambre a las puertas de nuestra democracia festejamos impávidos el drama de un melocotón en almíbar mal cortado, el desatino imperdonable de un filete un poco pasado. Los revientapelotas no tienen estomago para las carreras por la banda. Lo flipan en el Club del Gourmet de El Corte Inglés y en el gastrobar, es decir, el templo de la tapa en miniatura a crédito y el cóctel a granel [9], el ultimísimo repunte del fenómeno (en un país de servicios no resulta difícil la resurrección de negocios que se erigen sobre la tumba de los anteriores inquilinos para tropezar con la misma lapida, sobre todo si la moda y las publicaciones sobre estilos de vida los pontifica).En conclusión: Dios le da pan al que no tiene dientes (y eso es gracias a que en la iglesia no hay crisis), porque mordiente, lo que se dice mordiente, no tiene esta gente, siempre quejándose por las mismas tonterías cuando, sobre todo, escasean hasta las  ideas y estamos empachados del mismo punto de vista… Pues bien, ahora que no somos campeones del mundo seguimos igual que antes y encima quisisteis quitarnos esa alegría. Y lo intentareis de nuevo la próxima vez. Vuestro discurso es el mismo de aquellos a quienes criticáis: pan para hoy y hambre para mañana. No me da la sensación de que vosotros, que por suerte o desgracia tenéis voz además de voto, estéis por la labor de intentar cambiar nada. Bueno, todo el mundo sabe lo que el refranero dice sobre la miel…






[1] Una consulta como esta tendría más gracia el día después de unas elecciones, ya que sólo los votantes han dejado que los políticos se convirtieran en una clase.

[2] Yo preferiría que echaran pelis porno en abierto. En serio, ¿cuál es la excusa para no hacerlo?

[3] Un hombre al que se le reconocieron todos sus logros y fue cuasi canonizado en su despedida pero que, curiosamente, no ha inspirado a ninguno de los que volaron para hacerse la foto en su funeral. Para rizar el rizo, el consistorio municipal madrileño tuvo la enorme desfachatez póstuma de dedicarle una plaza (sita en el barrio de Lavapies) como homenaje eterno y chiste de mal gusto.

[4] Esos que escriben libros y tienen su columna en el periódico, una casta que también se eterniza. Y no es lo peor: su juicio persiste aunque cambien los tiempos, sobre todo si encontraron un filón escribiendo novelas sobre la guerra civil y/o postguerra y no quieren o no saben escribir sobre otro tema. Por cierto, entre su público y ellos se establece una correlación que los identifica como semejantes, aunque los lectores únicamente prediquen su evangelio.

[5] ¡Madre mía! ¡No quiero ni pensar en algo tan triste como que la revolución no se llevará a cabo porque te pesa demasiado el culo para subir a la barricada!

[6] Lo cual no está exento de lógica. A esta gentecilla les parece de recibo que sus compinches protesten contra cualquier injusticia social embutidos en trajes de alta costura antes, durante y después de los Goya, o sea, la fiesta anual de una industria subvencionada.

[7] Una cultura que acaba reptando por el culo a las dos horas en lo que supongo que será una manera de disfrutar sin complejos, regada con la intocable institución que el vino y la cerveza representan, brebajes ambos que desarrollan los mismos efectos que el vodka y el ron para sorpresa de quienes están hartos del desarrollo de un turismo de corte alcohólico en un país con un bar cada quince metros.

[8] Problema que RTVE ha decidido solucionar con la desesperante y continuada programación de tenis en su canal temático sobre tenis llamado equivocadamente Teledeporte. El intelectual medio se siente comodísimo como espectador del pasa bolas: no tiene que tomar partido por emblema o escudo alguno, ya que el apego al jugador de marras es casi personal, pura empatía. Sí, imagino que prefieren ver a Nadal desgañitarse con sus gestas ejemplares para todos los españoles. Su concurso particular les alivia, alienta ese individualismo donde parece guarecerse la idea más amplia de una España articulada en torno a una lógica republicana que nos uniría en comunión finalmente y acabaría de una vez por todas con ese sentimiento de victima de una guerra no sufrida frente a quienes nunca la ganaron y que de otro modo amenaza con perpetuarse cinco generaciones por lo menos. Así contado hasta me da pena su autismo patriótico.

[9] ¡Joder! Un cóctel se elabora con una medida exacta y no una mezcla sin ton ni son de sus ingredientes. Al carro de la coctelería se ha subido mucho mentecato con la estrafalaria vitola de bartender. ¡Que el hábito no hace al monje!