viernes, 29 de agosto de 2014

PORNO

Pensaba escribir algo de calado existencialista sobre el porno; pretendía explicar las palabras de la cantante punk tejana Texas Terris cuando afirmó que este es un mundo de hombres pero todo tiene que ver con los coños. .. Pero tras tres horas dedicadas al análisis académico (y documentación exhaustiva) de publicaciones como Hustler, Dp Digital, Twistys… y similares, acabé liándome y haciéndome una paja… mental. ¡Eh, he dicho mental!
Por poner un ejemplo, la mayoría de las formaciones musicales se nutren a lo largo del tiempo de sus descartes pasados[1]. De esta suerte, haciendo honor a tan loable práctica, no voy a ahorraros ni una de las palabras de este desbarajuste, que comenzaba de la siguiente manera:

Siempre he creído que los hombres comprendíamos mejor el acento del porno porque, como  seres visuales, simple y llanamente nos gusta mirar guarradas, lo cual parece desestimar el juicio femenino de tan sesuda apreciación del arte, aunque no sea estrictamente cierto[2]  pues siempre que hay alguien que mira es porque existe alguien a quien le gusta que lo miren y que completa  la ecuación pornográfica sin atisbo alguno de discriminación hacia la mujer… o cualquier otro participante,

…Y continua así: …, más aún si cabe cuando la prueba palpable, sin distinción por razón de sexo, de la reciprocidad y propensión natural al porno y el exhibicionismo de cualquier genero humano es tan evidente como lo demuestran diariamente millones de usuarios de Facebook, el ¡Hola! de los pobres. Efectivamente, amigos, amigas,… y animales de compañía, al pulsar compartir, estáis condensando todo un sin fin de metáforas que aluden a efluvios y apéndices, glándulas, orificios y secreciones. Jamás osaría contradecir a los doctores honoris  paja en la materia: el sexo nace en el intelecto[3], cómo no, y por consiguiente el porno no es otra cosa que una manifestación de nuestros sucios pensamientos. El caso de Facebook se postula como el más pretencioso y calculado que se me ocurre.
Llegados a este punto, mi propósito inicial de dignificar el tema se plasma en la rubrica  reconocida de un populismo tan masivo y evidente que sin duda basta para ensalzar su propuesta, reflejada y proyectada en el objeto mismo del caralibro, y al hablar de penes enormes, pechos turgentes, gargantas profundas o vaginas de ensueño (o que te roban el sueño), estaría señalando a ciegas cualquiera de las chorradas (o chuminadas, como  preferíais) que se publican en los muros del mundo entero: los pinchos de tortilla de patata congelada del Carrefour que serví de pica-pica en la fiesta de estreno de, ejem, mi nuevo ático (cuya adquisición demuestra que hay gente muy lista –y el redactor se alegra por ello– , capaz de cobrarme 30000 euros adicionales por algo que tiene la misma utilidad que una plaza de garaje al lado de la cocina ), las fantásticas y fantasiosas vacaciones en Ibiza (que pago a crédito de un año para otro), por no mencionar el fetichismo identificable que sugiere el absurdo selfie junto al Ferrari de un desconocido, la ensalada de gin-tonic en la terracita de moda, la foto de perfil con el longboard o guardando el equilibrio sobre la bici de un solo piñón[4], con el cartel del día del orgullo gay (aunque ni siquiera seas lesbiana), la foto de tu pierna enyesada después de tu accidente de moto, las ampollas resultantes del  Camino de Santiago, el estúpido bigote pintado de tu dedo índice, las fotos con las orejas de ratita que le compré a un marroquí el sábado a las cuatro de la mañana (cuando estaba demasiado borracha para soportar la rayada mental de contemplar un anillo luminiscente durante más de 3 segundos[5]), el adelanto del nuevo prototipo de iphone (que ya se ha convertido por derecho propio en el tótem supremo de la falocracia tecnológica más reverenciada[6]), o el legitimo softcore de tu posado con todos los bikinis que te cupieron en la maleta y el de la totalidad de tus instantaneas tomadas en Halloween y Carnaval: atendiendo a la teoría de Barney Stinson, no pareces otra cosa que una enfermera cachonda, una vampiresa cachonda, una zombie cachonda, un bucanero travestido muy cachondo, una bruja cachonda, una cahonda cachonda[7], etc., etc.
Lamentablemente, Facebook también es el ¡Hola! de los tontos: nos acerca irremediablemente al pobre desangelado que aguarda en el parque, tras un árbol, vestido con una gabardina, antes que a las millonarias estrellas del boom-boom cuyos sets de trabajo se localizan  en las exclusivas mansiones del Valle de San Fernando, Hollywood. El muro cumple el mismo papel que el porno amateur: un modo de acercarse a esa fantasía y transformarla en la asequible cotidianidad de los culos sin maquillar, el exceso de vello sin depilar, la flaccidez y la arruga, rebajándola grado a grado hasta conseguir que su gracia resida en la identificación con la vulgaridad de nuestros propios hábitos sin necesidad de estar superdotados e hiper-siliconadas…
Entonces, expuestos voluntariamente al escarnio público, ¡espabilad!; ¿por qué conformarse con la imagen que ya tienen de ti todos tus amigos? ¡Trasciende! Que la tecnología te ofrece la oportunidad de colgar tus inexistentes días de asueto en El Cairo (serás la envidia de muchos), la posesión de la última piedra lunar catalogada (llegas tarde para cualquier misión del Apollo, pero con la tecnología de un smartphone, y si te prestaran el cacharro, tu solito llegarías al mismo sitio sin problemas), tus farras con famosas modelos y chulazos requeridos en todos los platos de televisión en discotecas que no recuerdas haber pisado (pero cuyo flyer escaneas de propina)  del pedo que llevabas cuando saliste de la limusina (que sí procuraste fotografiar), los autógrafos de Beckham, Messi, CR7 y cualquier famoso muerto que se te ocurra (¡total, la gente no se entera!), la vez que te invitaron al Bulli y te dejaste el plato a medias para acabar en un burguer con más hambre que el perro de un ciego… O qué cojones/ coño, aquella ocasión en la que esnifaste 15 cm de farlopa en la tapa de un urinario 5 minutos después de que alguien meara encima, o cuando vomitaste sobre los zapatos de tu cuñado el día de la boda de tu hermana (aparecer vestida de blanco porque la odias tampoco hubiera estado nada mal), o cuando te metiste en el baño de la casa de la novia de tu mejor amigo para hacerte una foto de tus huevos con la cámara con la que todo el mundo documentaba por turno su fiesta de cumpleaños…¡Levántate y trasciende! Si el porno es una fantasía y encima pretendes venderla a precio de coste, ¡vívela a tope! ¿Acaso no sabemos todos de lo que estamos hechos en realidad cuando el espejo nos devuelve la mirada cada mañana? ¿Y debe de enterarse todo el mundo? ¿Por qué? ¿PARA QUÉ? No temas, colega. El porno no significa nada. Si hablamos de superficialidad, supongo que no existe nada tan pretendidamente superficial como el porno. No tiene un significado ulterior sobre nada. Fíjate, el porno mainstream tampoco significa nada. Como fantasía es única, y como representación de un todo, absolutamente impersonal. No temas a las cabezas bienpensantes. ¿De qué delito se le puede acusar a una ilusión? Ni si quiera creo que alguien piense que su ejercicio ayuda de manera definitiva al conjunto de la humanidad sino es para masturbarse, literal o figuradamente[8]. Y eso tampoco es tan malo como lo pintan. Yo todavía no me he quedado ciego. Hazme caso, de lo contrario estás bien jodido. Y ya sabes: huevos fritos con jamón, te los tomas cuando quieras pero utiliza siempre un condón.






[1] Use Your Illusion, de Guns N´Roses, es un ejemplo de cómo grabar un disco doble con lo que te sobró del anterior.

[2]  Su papel protagonista como catalizador y canalizador del porno es imponderable.

[3] Aunque sigo sin tener claro el coeficiente intelectual de mi pene, una cosa está clara: puede leer mi mente y obligarla a cumplir su voluntad

[4] Podría contaros terroríficas historias sobre modernos que cada fin de semana acuden a los bares con el skate debajo del brazo o la bici cogida por el manillar.

[5] Orejas que también compraron todas mis amigas, aunque no estaban borrachas, porque les parecía bien identificarse con una rata y no con lo que supondría utilizar un símbolo tan machista como las orejas de una conejita, lo cual no aclara todavía porque mi amiga Jenny lleva tatuado el conejito de Playboy cuando ni siquiera ha posado para la revista, y mucho menos que en la despedida de soltera de Yoli nos resultara tan gracioso pasearnos por medio Madrid con un pene en la cabeza a modo de peineta.

[6]  En su ponencia Tú no eres así; tú eres tonto, Casey Rossfield identifica el principio de una enfermedad social, la iphonitis: un malsano fetichismo desarrollado por el producto manufacturado conocido como iphone, ipod, ipad, isuputamadre. Los afectados por la plaga de la manzana quedan registrados con el sobrenombre de iphonitas: esa gente que cree que ha inventado el iphone en lugar de comprarlo.
Los estetas, los esteticistas de este mundo, todos unos modernos de campeonato, me dan risa. Ensamblado en China, Diseñado en California por Apple El padre nuestro de todo chorra que se precie. Me encanta cuando los fanáticos de Apple se echan las manos a la cabeza y apuntan con su dedo (y bilis) a quien se atreve a copiar el futurista diseño de la mayoría de sus productos… Como si en California hubieran sido los primeros en dar con la forma del cuadrado y del rectángulo. ¡Venga, hombre! ¡Me encanta! Que llamen diseño a cromar un aparato que comparte la misma geometría que, un, dos, tres, responda otra vez: una pastilla de jabón -una pastilla de jabón, una libreta de notas, un talonario, una pitillera, una ficha de dominó… Por favor… La tecnocracia ha reunido un ejército de tecno-tontos que son la van-mierda del esnobismo que vive la vida por y para grabar, chatear, hablar, comprar, jugar, medir, despertar, escuchar, dibujar, buscar… a través del puto aparato.

[7] Por favor, queridas, no sufráis con la comparación si de algún modo os sentís ofendidas. Cualquier tío en circunstancias similares da la impresión de ser un retardado. De hecho cualquiera de ellos pasará toda la noche intentando poneros cachondas si no la parecéis, comportándose como un retardado para conseguirlo, o en caso de fracasar en el intento.

[8] Para otro día dejamos el caso de las parejas que se dedican a ver porno en lugar de practicarlo, algo que parece una película dentro de una película, una reflexión del arte frente a la vida, o hablar del Facebook en Facebook.



sábado, 23 de agosto de 2014

MODERNAS DE PUEBLO

En Lavapies se distinguen fácilmente tres grupos demográficos principales: árabes, gente de color, y modernas de pueblo[1], las cuales son testigos de excepción y certifican la existencia de los anteriormente mencionados en un irremediable ejercicio referencial extrapolado a sus viajes al extranjero.
Estas modernas de pueblo se amparan en el marco de la pregonada y pretendida multiculturalidad para trajinar sin miramientos con las vicisitudes de cualquier autóctono en su país de origen, porque claro, a ver cual creéis que va a ser la excusa de que le haya salido ese herpes en la boca cuando aterrizó en Barajas sino es porque le pareció un mandamiento de obligado cumplimiento probar la delicias locales y más cuando se aburría como una ostra en la barra de un bar rodeada de la misma gente que se cruza por Lavapies[2] cuando se dispone a compartir con sus compis en una terraza la botella de Lambrusco[3] que reposa en la cubitera para el champagne. Lambrusquito e historias para no dormir. A esto se le llama descontextualización, que es cuando haces fuera de tu ambiente natural todo lo que jamás se te ocurriría hacer en tu entorno habitual, ya sea disfrutar de las facilidades de un desconocido, aunque sea por aburrimiento[4], o beber vino barato, aunque te sobre el dinero y mires para otro lado cada vez que pegas un sorbo.
Lo que quiero decir con todo esto está muy claro: estoy convencido de que para las modernas de pueblo el único grupo demográfico relevante que existe en y por Lavapies es el suyo, y luego, si acaso, el servicio: gays[5] sirviendo barras; y después, paisanos en chanclas y camiseta[6]. Pero en contra de su voluntad… No, seamos justos,… en contra de sus pretensiones, con cada árabe o tipo de color que se llevan a la cama cuando visitan sus respectivos países de origen, se materializa, aunque de manera solapada, la inexistente multiculturalidad que nos quieren hacer colar desde frentes y mentes dispares columnistas acodados en la barra de un gastro-bar afterwork, politiquillos subidos al carro de la indulgencia mesiánica y la mano de obra barata, articulistas concienciados del postureo más extremo y las sandeces más absurdas, auto-canonizados caudillos exentos de cualquier atisbo de auto-crítica al frente de variopintas asociaciones en pro de la integración, sociólogos con la imperante y ridícula necesidad de congeniar su cátedra desfasada con la corrección política imperante, etc., etc. Gracias, modernas de pueblo. Gracias a vosotras, y sólo a vosotras, la utopía… toma… cuerpo.




[1] No quiero olvidarme, y por ello dejar de mencionar, a las cacatúas de toda la vida, que de todas maneras no conforman grupo demográfico alguno, sino fósil.

[2] Se cruza es la expresión adecuada para estas modernas que, sin embargo, pertenecen al Uptown.

[3] Sin saber o no querer enterarse de que se están metiendo para el cuerpo litro y medio de Don Simón italiano con casera, embotellado y servido bien frío.

[4] Y aunque sea español. Otra alternativa, jamás una reseña nacionalista (aunque entiendo que menos exótica y por ello mismo devaluada). ¡Hasta ahí podríamos llegar!

[5] Término empleado por las aludidas dentro de los confines del Distrito Centro y aledaños.

[6] Espero que un día de estos alguien reúna el valor para penar por ley chanclas y asfalto. Respetaría profundamente una artimaña tal esgrimida por cualquier moderna de pueblo que prefiera darse una alegría en cualquier otra parte y con cualquier otro antes que tragar con tal desatino.


viernes, 22 de agosto de 2014

SÁBADO NOCHE EN CUALQUIER LUGAR DE MADRID


… y claro que tienes estilo. Tu propio estilo[1], faltaría más. Como lo tienen incluso hasta los chavales de 15 años. Pero lo que te hace falta es clase; to be: saber Ser y Estar. La clase te permite diferenciar entre distintos compromisos y la forma de presentarte a cada uno de ellos. Por ejemplo, entre la boda de tu prima y el botellón en el parque con tus amigos. Al portero de Gabana, Joy Eslava, Moma[2], etc., le importa una mierda tu estilo. Lo que centra su atención es tu clase o su ausencia. Recuerda esto, para que el próximo sábado por la noche, cuando llegue el momento de dar media vuelta y despotricar contra el encargado de turno por no dejarte pasar en zapatillas, pienses un poco, joder. No es nada personal. El negocio pertenece a un señor que tiene todo el derecho del mundo a exigir cierta etiqueta para acceder a su local[3], y la culpa de que tú no formes parte de su clientela es toda tuya. Escucha, colega; deja de ser el tonto del grupo. No se te puede llevar a ninguna parte[4], pesado. Baja el tono. Nadie vulnera tus derechos ni te discrimina ¿Prometes tranquilizarte si tomamos nota para cuando se les ocurra reformar la constitución? Mira, ser idiota no es ningún delito, y por eso te salvas. ¿Por qué te empeñas en putear a tus amigos y hacerles sentir culpables si ellos entran y te dejan en la puerta? Zopenco, ¡tienes 30 años! ¡Cómprate unos zapatos de una puta vez!





[1] Quien avisa no es traidor: tu propio estilo y tú conformáis un subgrupo englobado dentro de un grupo mayor*en el que, seguramente, no eres, ni de lejos, la referencia que marca el paso.
   *…Yo que sé; échale la culpa a una diversidad biológica de patrones repetitivos –consuélate pensando en el ser humano como nada más que el resultado de un experimento extraterrestre–. También puede que se trate de la etiqueta que cose a tu espalda y sin consentimiento alguno cualquiera que tenga que llegar a las 1500 palabras al escribir un artículo sobre sociología o moda. Quizás, simplemente, muy pocos son tan originales como pretenden, sobre todo si no posees el alma de payaso de Ágata Ruiz De La Prada, o la clarividencia de los grandes diseñadores que se plagian a sí mismos, entre ellos, o que saquean el baúl de los recuerdos de tanto en cuando… Ah, sin olvidar al controvertido y últimamente inadvertido David Delfín, epítome del integrismo más proverbial y castizo.

[2] Lo admito, ¡qué terna más rancia! Entonces, ¿qué cojones pintas tú en la puerta a las tres de la mañana?

[3] Que sí, que Hitler hacía lo mismo. Por cierto, el tipo que diseñó el uniforme de su ejército fue Hugo Boss.

[4] Creo que hay lupanares en los que te prohibirían la entrada. Eso sí es triste, y no pagar por follar.