viernes, 22 de agosto de 2014

SÁBADO NOCHE EN CUALQUIER LUGAR DE MADRID


… y claro que tienes estilo. Tu propio estilo[1], faltaría más. Como lo tienen incluso hasta los chavales de 15 años. Pero lo que te hace falta es clase; to be: saber Ser y Estar. La clase te permite diferenciar entre distintos compromisos y la forma de presentarte a cada uno de ellos. Por ejemplo, entre la boda de tu prima y el botellón en el parque con tus amigos. Al portero de Gabana, Joy Eslava, Moma[2], etc., le importa una mierda tu estilo. Lo que centra su atención es tu clase o su ausencia. Recuerda esto, para que el próximo sábado por la noche, cuando llegue el momento de dar media vuelta y despotricar contra el encargado de turno por no dejarte pasar en zapatillas, pienses un poco, joder. No es nada personal. El negocio pertenece a un señor que tiene todo el derecho del mundo a exigir cierta etiqueta para acceder a su local[3], y la culpa de que tú no formes parte de su clientela es toda tuya. Escucha, colega; deja de ser el tonto del grupo. No se te puede llevar a ninguna parte[4], pesado. Baja el tono. Nadie vulnera tus derechos ni te discrimina ¿Prometes tranquilizarte si tomamos nota para cuando se les ocurra reformar la constitución? Mira, ser idiota no es ningún delito, y por eso te salvas. ¿Por qué te empeñas en putear a tus amigos y hacerles sentir culpables si ellos entran y te dejan en la puerta? Zopenco, ¡tienes 30 años! ¡Cómprate unos zapatos de una puta vez!





[1] Quien avisa no es traidor: tu propio estilo y tú conformáis un subgrupo englobado dentro de un grupo mayor*en el que, seguramente, no eres, ni de lejos, la referencia que marca el paso.
   *…Yo que sé; échale la culpa a una diversidad biológica de patrones repetitivos –consuélate pensando en el ser humano como nada más que el resultado de un experimento extraterrestre–. También puede que se trate de la etiqueta que cose a tu espalda y sin consentimiento alguno cualquiera que tenga que llegar a las 1500 palabras al escribir un artículo sobre sociología o moda. Quizás, simplemente, muy pocos son tan originales como pretenden, sobre todo si no posees el alma de payaso de Ágata Ruiz De La Prada, o la clarividencia de los grandes diseñadores que se plagian a sí mismos, entre ellos, o que saquean el baúl de los recuerdos de tanto en cuando… Ah, sin olvidar al controvertido y últimamente inadvertido David Delfín, epítome del integrismo más proverbial y castizo.

[2] Lo admito, ¡qué terna más rancia! Entonces, ¿qué cojones pintas tú en la puerta a las tres de la mañana?

[3] Que sí, que Hitler hacía lo mismo. Por cierto, el tipo que diseñó el uniforme de su ejército fue Hugo Boss.

[4] Creo que hay lupanares en los que te prohibirían la entrada. Eso sí es triste, y no pagar por follar.