jueves, 25 de diciembre de 2014

EL FLASHAZO DEL TONTO

¿Aún no sabéis qué es el flashazo del tonto? Es cuando entras en una tienda de telefonía móvil y (durante un microsegundo) una célula fotoeléctrica activa un resplandor prácticamente imperceptible que pone en aviso al avezado dependiente de turno para que no te venda los auriculares con el móvil que elijas, porque eres tonto, pero que muy tonto, y la misión de tu vida es darle el coñazo a la gente con la música que escuchas[1].

 Feliz Navidad y prospero Año Nuevo. Recapitulemos.

Antes, la gente fumaba en el metro, y tenias que respirar el cáncer pulmonar del vecino sin chistar. Porque no había normativa restrictiva al uso (y todo el mundo se había hartado de ver a los médicos fumando durante sus descansos en las cafeterías y los vestíbulos y pasillos de cualquier hospital). Ahora bien, el fumador activo pasó a ser poco menos que un criminal de guerra el primer día que entro en vigor la prohibición de fumar en lugares públicos. Así es el españolito: un hombre de ley que resulta que odiaba en secreto llegar a casa oliendo a humo después de una farra[2]. Entiendo a Chuck Klosterman cuando escribió que fumar siempre le parecería una buena decisión; entiendo su visión del asunto cuando se refiere a una modelo neoyorkina esperando un taxi en mitad de la 5ª Avenida, con unos tacones de 15 cm, sin medias y con mini falda a cero grados, acercándose pausadamente un pitillo a unos labios rojos rojos rojos. Pero cuando el tipo que tienes al lado es un viejo que supura nicotina con cada gota de sudor, meterlos a los dos en el mismo saco ya no tiene la misma gracia. De hecho existe una variante del porno donde las actrices se entregan a una felación sin miramientos entre calada y calada, y creo que lo que quería expresar el bueno de Chuck tiene más visos de ser una metáfora del asunto en cuestión antes que cualquier otra cosa. Ya se sabe, cada uno tiene sus vicios, absolutamente respetables.

 Luego el metro se convirtió en la biblioteca más exuberante de la ciudad, y todos ganamos con el cambio. Al menos te enterabas de lo que estaba en boga en ese momento, es decir, del último best seller. De cualquier forma, era el mejor mundo de los posibles. Aunque supongo que antes se leía más que ahora y el mundo ha ido de mal en peor, Ilustración y Siglo de Oro de por medio, con lo cual estoy empezando a cuestionar que leer sea un ejercicio que haga a las personas estrictamente mejores (supongo que este blog es una prueba de ello). Pudiera ser que, por ejemplo, quienes nos gobiernan no hayan leído una sola línea en toda su vida y esto fuese la clave de muchas cosas, pero estoy convencido de que para obrar el mal tienes que haber aprendido primero el conjuro en el libro oscuro, porque, y no me cabe la menor duda, todo mal y todo bien esta documentado con el mismo interés. Así que, sinceramente, no sé a qué atenerme. La lectura no te hace peor ni mejor, da que pensar, y eso es peligroso. Porque quienes nos gobiernan no quieren que pensemos. Paradójico, ¿no?

Ahora la gente no levanta la cabeza de sus teléfonos móviles, y cada loco con su tema, y no hay problema alguno: no existe rastro de humareda toxica y cada cual sigue leyendo si le apetece, hasta el día que, precisamente, te toca tragarte el tema de marras de principio a fin.
Comprendo perfectamente que con trece o quince años no des para más ni para menos que para crearte una identidad a través de la música. O mejor dicho, para que otros la definan a través de ella. La música es tu primera intención política, y no pocas veces tu patrón al vestir. Entre otras cosas, esas canciones apelan de forma efectista a la erupción pélvica y desorden emocional tan característicos de la adolescencia. Estamos de acuerdo. Pero al resto de la gente le importa bastante poco lo guay que te creas. Ya han pasado por eso y en silencio, de manera tan personal e intima como, paradójicamente, pretendes anunciar al mundo tu existencia. Pero claro, la identidad en el mundo de Facebook e Instagram no es nada sin el concurso público, su repudio o la aceptación visceral o digital. A lo mejor el poder de la tecnología nos traiciona en manos de gente menos leída porque no posee naturaleza propia. En realidad tu móvil es más importante que tú cuando te confiere cierta personalidad y te arrebata el anonimato.
Como bien señaló en Esquire Buzz Aldrich, las fuerzas del mercado han acabado con la responsabilidad individual. Yo añadiría algo más: la responsabilidad individual parece basarse en el juicio de los demás, y así tendremos que esperar a otra regulación para que no dejen entrar en el metro a tanto gilipollas[3].








[1] ¿Y quién es ese dependiente para discutir el orden cosmológico del universo y su papel como instrumento del plan inteligente -aunque no sea muy inteligente llenar el mundo de idiotas?

[2] Ahora todo es tan aséptico que como se de mal la noche y no vuelvas a casa con un pedo que ni te lames, te preguntas si has salido de veras o no.

[3] Y este, queridos y queridas, es el principio de la corrección política, que es el cáncer de nuestra sociedad.

viernes, 5 de septiembre de 2014

AHORA QUE NO SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO

La vida sigue igual, y parece que no nos va tan mal. Pero ya se sabe, en España el deporte rey es mentir en las encuestas y después quejarse (el vicio nacional, beber en la puta calle).
Según los últimos sondeos (que para el caso aclaran lo mismo que los anteriores, lo cual me hace sospechar que el Instituto Nacional de Estadística no sirve para nada y sus trabajadores dedican tres cuartas partes de su jornada laboral a reciclar las predicciones del horóscopo para el mismo día del año siguiente), la mayoría de los españoles están desencantados con la clase política y los jóvenes actuales se interesan cada vez menos por ella[1]. Asombroso: ¿para qué vota la gente entonces? ¿De dónde sale tanto indignado al que no le importa la política pero que se presenta a votar cada vez que toca? ¿Por qué se manifiesta después? En realidad, ¿sirve de algo declararse en huelga?
Como decía, no debe irnos tan mal: según los estudios las generaciones del futuro le dan la espalda a la iglesia, aunque en pleno siglo XXI en la iglesia nunca hay paro. Lo sé a… ciencia cierta. No hace mucho tiempo que un viejo amigo sintió la llamada de la fe y en el claustro le recibieron con las puertas abiertas. Quizás sobren curas en el mundo, pero no en la iglesia española, que vive de espaldas a España y al mundo. Aún y así seguro que no nos va tan mal, aunque ya no seamos campeones del mundo. Bueno, a lo mejor la maquiavélica clase política lleva años utilizando el fútbol para lavarnos el cerebro en lo que sería la moderna versión de pan y circo[2]. Ah, ya me duele en el alma recordar cómo el deporte pudo ser el punto de partida para empresas mayores y que requerirían la unión de todo un pueblo. Véanse los ejemplos del mundial ganado por Alemania el verano que siguió a la caída del Muro o la final de la Copa del Mundo de Rugby sabiamente instrumentalizada por el venerado Nelson Mandela[3]. Debe ser que los intelectuales de siempre[4], los que llevan años vociferando contra el pan y el circo, no supieron aprovechar la ocasión para ponerse en primera fila, o les salían agujetas sólo de pensar en la última clase de gimnasia del instituto[5]. De todos modos nuestros insignes mandatarios tuvieron a bien ocuparse del amplio espectro de actividades que suplieran la indiferencia por el fútbol. Y, por ejemplo, han patrocinado sin complejo alguno y desde las más altas esferas de representación nacional y promoción internacional el arte (¿?) culinario, burbuja que estuvo a punto de estallar después del desmantelamiento de la nave nodriza que fue El Bulli, y que ha vuelto a primera plana con fuerzas renovadas y con no menos de un programa por cadena generalista en la que la emisión y la gravedad de trinchar un pato se puede equiparar a la operación a corazón abierto del mismísimo Jesucristo.
Llegados a este punto, lo mismo a alguien le da por pensar que, en realidad,  la odiosa difusión  del fútbol y sus maneras se debe, principalmente, al estúpido enfoque de los adalides del aparato estatal, es decir, los periodistas deportivos. Pero eso no lo admitirá ningún compañero que denuncie al titiritero en su libro o columna. Sí, colegas, finalmente se ha cumplido la predicción de Henry Miller cuando hablaba de los enemigos de cualquier sociedad: jueces, curas, políticos y periodistas. De lo que no cabe duda es de que estos tele-aperitivos incomodan menos a los líderes de la opinión publicada. Tal vez se identifiquen con los pinchos y las torrijas antes que con el flato y los sudores. Vete tú a saber… Quizás la gula les embote el cerebro o les llene la boca, y se vean incapaces, a dos carillos y chorreándoles la comisura de los labios, de preguntarse qué se hace con toda esa comida presentada ante el jurado después de cada programa. Creí que no tardarían demasiado tiempo, pero con la que está cayendo todavía no he oído a nadie poner el grito en el cielo (y digo el grito y en el cielo) para que tan suculentos manjares se ofrezcan en un albergue o comedor social en lugar de en un cóctel de pijos o bajo el patrocinio enmascarado de una cadena de radio en la gala de entrega de sus premios anuales[6]. Mira por donde, la alta cocina nos deleita con sus texturas y presentaciones pero no es apta para los paladares de quienes no se la pueden costear, tele-espectador de clase media incluido. Vaya, estoy convencido de que no existiría mejor degustador, o al menos que más lo necesite, que la gente que pudieras encontrarte en aquellos salones. El tiempo pasa en antena y todavía no he constatado queja seria ni denuncia lastimera sobre el asunto. Pero claro, estamos hablando de y degustando la jodida cultura al pil pil [7]. Ahora que no cesan de susurrarnos que comer es un placer (tanto o más que una necesidad), lo digo como lo siento, como un corte de digestión: la cultura es la nueva excusa, el nuevo palabro, un término secuestrado y a merced del significado infinito con el que pretendan glorificar cualquier tontería auténticos cantamañanas donde los haya. Vamos, una puta en sus manos. ¿Acaso se trata del problema crónico de identidad de un país donde nos gustaría tener un Estrella Michelín en cada esquina, y que venga una editorial francesa para decidir si somos cojonudos o no?[8] ¿Y cuál fue el acto fundacional de esta deriva? Recordad… La mítica criogenización de la albóndiga. ¡En guardia! ¡Quieren convencernos de que eso es lo mejor que le ha pasado a la cocina española! (que, por otra parte, nunca ha sido tan fina como el croissant y si consistente y de puchero: lentejas, potaje, fabada, tortilla de patata, estofado, migas, huevos fritos con chorizo… ¡Si hasta comemos los spaghetti con pan!). No te jode. La nouvelle cuisine patria no me parece tanto una burbuja culinaria como pretenciosamente intelectual, la burbuja de aquellos a los que le comen más los ojos que la boca. No sé, en todos los restaurantes adscritos a semejante idiotez yo veo el plato demasiado vacío para esa gente a la que le encanta comer. Ay, por favor… Con el hambre a las puertas de nuestra democracia festejamos impávidos el drama de un melocotón en almíbar mal cortado, el desatino imperdonable de un filete un poco pasado. Los revientapelotas no tienen estomago para las carreras por la banda. Lo flipan en el Club del Gourmet de El Corte Inglés y en el gastrobar, es decir, el templo de la tapa en miniatura a crédito y el cóctel a granel [9], el ultimísimo repunte del fenómeno (en un país de servicios no resulta difícil la resurrección de negocios que se erigen sobre la tumba de los anteriores inquilinos para tropezar con la misma lapida, sobre todo si la moda y las publicaciones sobre estilos de vida los pontifica).En conclusión: Dios le da pan al que no tiene dientes (y eso es gracias a que en la iglesia no hay crisis), porque mordiente, lo que se dice mordiente, no tiene esta gente, siempre quejándose por las mismas tonterías cuando, sobre todo, escasean hasta las  ideas y estamos empachados del mismo punto de vista… Pues bien, ahora que no somos campeones del mundo seguimos igual que antes y encima quisisteis quitarnos esa alegría. Y lo intentareis de nuevo la próxima vez. Vuestro discurso es el mismo de aquellos a quienes criticáis: pan para hoy y hambre para mañana. No me da la sensación de que vosotros, que por suerte o desgracia tenéis voz además de voto, estéis por la labor de intentar cambiar nada. Bueno, todo el mundo sabe lo que el refranero dice sobre la miel…






[1] Una consulta como esta tendría más gracia el día después de unas elecciones, ya que sólo los votantes han dejado que los políticos se convirtieran en una clase.

[2] Yo preferiría que echaran pelis porno en abierto. En serio, ¿cuál es la excusa para no hacerlo?

[3] Un hombre al que se le reconocieron todos sus logros y fue cuasi canonizado en su despedida pero que, curiosamente, no ha inspirado a ninguno de los que volaron para hacerse la foto en su funeral. Para rizar el rizo, el consistorio municipal madrileño tuvo la enorme desfachatez póstuma de dedicarle una plaza (sita en el barrio de Lavapies) como homenaje eterno y chiste de mal gusto.

[4] Esos que escriben libros y tienen su columna en el periódico, una casta que también se eterniza. Y no es lo peor: su juicio persiste aunque cambien los tiempos, sobre todo si encontraron un filón escribiendo novelas sobre la guerra civil y/o postguerra y no quieren o no saben escribir sobre otro tema. Por cierto, entre su público y ellos se establece una correlación que los identifica como semejantes, aunque los lectores únicamente prediquen su evangelio.

[5] ¡Madre mía! ¡No quiero ni pensar en algo tan triste como que la revolución no se llevará a cabo porque te pesa demasiado el culo para subir a la barricada!

[6] Lo cual no está exento de lógica. A esta gentecilla les parece de recibo que sus compinches protesten contra cualquier injusticia social embutidos en trajes de alta costura antes, durante y después de los Goya, o sea, la fiesta anual de una industria subvencionada.

[7] Una cultura que acaba reptando por el culo a las dos horas en lo que supongo que será una manera de disfrutar sin complejos, regada con la intocable institución que el vino y la cerveza representan, brebajes ambos que desarrollan los mismos efectos que el vodka y el ron para sorpresa de quienes están hartos del desarrollo de un turismo de corte alcohólico en un país con un bar cada quince metros.

[8] Problema que RTVE ha decidido solucionar con la desesperante y continuada programación de tenis en su canal temático sobre tenis llamado equivocadamente Teledeporte. El intelectual medio se siente comodísimo como espectador del pasa bolas: no tiene que tomar partido por emblema o escudo alguno, ya que el apego al jugador de marras es casi personal, pura empatía. Sí, imagino que prefieren ver a Nadal desgañitarse con sus gestas ejemplares para todos los españoles. Su concurso particular les alivia, alienta ese individualismo donde parece guarecerse la idea más amplia de una España articulada en torno a una lógica republicana que nos uniría en comunión finalmente y acabaría de una vez por todas con ese sentimiento de victima de una guerra no sufrida frente a quienes nunca la ganaron y que de otro modo amenaza con perpetuarse cinco generaciones por lo menos. Así contado hasta me da pena su autismo patriótico.

[9] ¡Joder! Un cóctel se elabora con una medida exacta y no una mezcla sin ton ni son de sus ingredientes. Al carro de la coctelería se ha subido mucho mentecato con la estrafalaria vitola de bartender. ¡Que el hábito no hace al monje!



viernes, 29 de agosto de 2014

PORNO

Pensaba escribir algo de calado existencialista sobre el porno; pretendía explicar las palabras de la cantante punk tejana Texas Terris cuando afirmó que este es un mundo de hombres pero todo tiene que ver con los coños. .. Pero tras tres horas dedicadas al análisis académico (y documentación exhaustiva) de publicaciones como Hustler, Dp Digital, Twistys… y similares, acabé liándome y haciéndome una paja… mental. ¡Eh, he dicho mental!
Por poner un ejemplo, la mayoría de las formaciones musicales se nutren a lo largo del tiempo de sus descartes pasados[1]. De esta suerte, haciendo honor a tan loable práctica, no voy a ahorraros ni una de las palabras de este desbarajuste, que comenzaba de la siguiente manera:

Siempre he creído que los hombres comprendíamos mejor el acento del porno porque, como  seres visuales, simple y llanamente nos gusta mirar guarradas, lo cual parece desestimar el juicio femenino de tan sesuda apreciación del arte, aunque no sea estrictamente cierto[2]  pues siempre que hay alguien que mira es porque existe alguien a quien le gusta que lo miren y que completa  la ecuación pornográfica sin atisbo alguno de discriminación hacia la mujer… o cualquier otro participante,

…Y continua así: …, más aún si cabe cuando la prueba palpable, sin distinción por razón de sexo, de la reciprocidad y propensión natural al porno y el exhibicionismo de cualquier genero humano es tan evidente como lo demuestran diariamente millones de usuarios de Facebook, el ¡Hola! de los pobres. Efectivamente, amigos, amigas,… y animales de compañía, al pulsar compartir, estáis condensando todo un sin fin de metáforas que aluden a efluvios y apéndices, glándulas, orificios y secreciones. Jamás osaría contradecir a los doctores honoris  paja en la materia: el sexo nace en el intelecto[3], cómo no, y por consiguiente el porno no es otra cosa que una manifestación de nuestros sucios pensamientos. El caso de Facebook se postula como el más pretencioso y calculado que se me ocurre.
Llegados a este punto, mi propósito inicial de dignificar el tema se plasma en la rubrica  reconocida de un populismo tan masivo y evidente que sin duda basta para ensalzar su propuesta, reflejada y proyectada en el objeto mismo del caralibro, y al hablar de penes enormes, pechos turgentes, gargantas profundas o vaginas de ensueño (o que te roban el sueño), estaría señalando a ciegas cualquiera de las chorradas (o chuminadas, como  preferíais) que se publican en los muros del mundo entero: los pinchos de tortilla de patata congelada del Carrefour que serví de pica-pica en la fiesta de estreno de, ejem, mi nuevo ático (cuya adquisición demuestra que hay gente muy lista –y el redactor se alegra por ello– , capaz de cobrarme 30000 euros adicionales por algo que tiene la misma utilidad que una plaza de garaje al lado de la cocina ), las fantásticas y fantasiosas vacaciones en Ibiza (que pago a crédito de un año para otro), por no mencionar el fetichismo identificable que sugiere el absurdo selfie junto al Ferrari de un desconocido, la ensalada de gin-tonic en la terracita de moda, la foto de perfil con el longboard o guardando el equilibrio sobre la bici de un solo piñón[4], con el cartel del día del orgullo gay (aunque ni siquiera seas lesbiana), la foto de tu pierna enyesada después de tu accidente de moto, las ampollas resultantes del  Camino de Santiago, el estúpido bigote pintado de tu dedo índice, las fotos con las orejas de ratita que le compré a un marroquí el sábado a las cuatro de la mañana (cuando estaba demasiado borracha para soportar la rayada mental de contemplar un anillo luminiscente durante más de 3 segundos[5]), el adelanto del nuevo prototipo de iphone (que ya se ha convertido por derecho propio en el tótem supremo de la falocracia tecnológica más reverenciada[6]), o el legitimo softcore de tu posado con todos los bikinis que te cupieron en la maleta y el de la totalidad de tus instantaneas tomadas en Halloween y Carnaval: atendiendo a la teoría de Barney Stinson, no pareces otra cosa que una enfermera cachonda, una vampiresa cachonda, una zombie cachonda, un bucanero travestido muy cachondo, una bruja cachonda, una cahonda cachonda[7], etc., etc.
Lamentablemente, Facebook también es el ¡Hola! de los tontos: nos acerca irremediablemente al pobre desangelado que aguarda en el parque, tras un árbol, vestido con una gabardina, antes que a las millonarias estrellas del boom-boom cuyos sets de trabajo se localizan  en las exclusivas mansiones del Valle de San Fernando, Hollywood. El muro cumple el mismo papel que el porno amateur: un modo de acercarse a esa fantasía y transformarla en la asequible cotidianidad de los culos sin maquillar, el exceso de vello sin depilar, la flaccidez y la arruga, rebajándola grado a grado hasta conseguir que su gracia resida en la identificación con la vulgaridad de nuestros propios hábitos sin necesidad de estar superdotados e hiper-siliconadas…
Entonces, expuestos voluntariamente al escarnio público, ¡espabilad!; ¿por qué conformarse con la imagen que ya tienen de ti todos tus amigos? ¡Trasciende! Que la tecnología te ofrece la oportunidad de colgar tus inexistentes días de asueto en El Cairo (serás la envidia de muchos), la posesión de la última piedra lunar catalogada (llegas tarde para cualquier misión del Apollo, pero con la tecnología de un smartphone, y si te prestaran el cacharro, tu solito llegarías al mismo sitio sin problemas), tus farras con famosas modelos y chulazos requeridos en todos los platos de televisión en discotecas que no recuerdas haber pisado (pero cuyo flyer escaneas de propina)  del pedo que llevabas cuando saliste de la limusina (que sí procuraste fotografiar), los autógrafos de Beckham, Messi, CR7 y cualquier famoso muerto que se te ocurra (¡total, la gente no se entera!), la vez que te invitaron al Bulli y te dejaste el plato a medias para acabar en un burguer con más hambre que el perro de un ciego… O qué cojones/ coño, aquella ocasión en la que esnifaste 15 cm de farlopa en la tapa de un urinario 5 minutos después de que alguien meara encima, o cuando vomitaste sobre los zapatos de tu cuñado el día de la boda de tu hermana (aparecer vestida de blanco porque la odias tampoco hubiera estado nada mal), o cuando te metiste en el baño de la casa de la novia de tu mejor amigo para hacerte una foto de tus huevos con la cámara con la que todo el mundo documentaba por turno su fiesta de cumpleaños…¡Levántate y trasciende! Si el porno es una fantasía y encima pretendes venderla a precio de coste, ¡vívela a tope! ¿Acaso no sabemos todos de lo que estamos hechos en realidad cuando el espejo nos devuelve la mirada cada mañana? ¿Y debe de enterarse todo el mundo? ¿Por qué? ¿PARA QUÉ? No temas, colega. El porno no significa nada. Si hablamos de superficialidad, supongo que no existe nada tan pretendidamente superficial como el porno. No tiene un significado ulterior sobre nada. Fíjate, el porno mainstream tampoco significa nada. Como fantasía es única, y como representación de un todo, absolutamente impersonal. No temas a las cabezas bienpensantes. ¿De qué delito se le puede acusar a una ilusión? Ni si quiera creo que alguien piense que su ejercicio ayuda de manera definitiva al conjunto de la humanidad sino es para masturbarse, literal o figuradamente[8]. Y eso tampoco es tan malo como lo pintan. Yo todavía no me he quedado ciego. Hazme caso, de lo contrario estás bien jodido. Y ya sabes: huevos fritos con jamón, te los tomas cuando quieras pero utiliza siempre un condón.






[1] Use Your Illusion, de Guns N´Roses, es un ejemplo de cómo grabar un disco doble con lo que te sobró del anterior.

[2]  Su papel protagonista como catalizador y canalizador del porno es imponderable.

[3] Aunque sigo sin tener claro el coeficiente intelectual de mi pene, una cosa está clara: puede leer mi mente y obligarla a cumplir su voluntad

[4] Podría contaros terroríficas historias sobre modernos que cada fin de semana acuden a los bares con el skate debajo del brazo o la bici cogida por el manillar.

[5] Orejas que también compraron todas mis amigas, aunque no estaban borrachas, porque les parecía bien identificarse con una rata y no con lo que supondría utilizar un símbolo tan machista como las orejas de una conejita, lo cual no aclara todavía porque mi amiga Jenny lleva tatuado el conejito de Playboy cuando ni siquiera ha posado para la revista, y mucho menos que en la despedida de soltera de Yoli nos resultara tan gracioso pasearnos por medio Madrid con un pene en la cabeza a modo de peineta.

[6]  En su ponencia Tú no eres así; tú eres tonto, Casey Rossfield identifica el principio de una enfermedad social, la iphonitis: un malsano fetichismo desarrollado por el producto manufacturado conocido como iphone, ipod, ipad, isuputamadre. Los afectados por la plaga de la manzana quedan registrados con el sobrenombre de iphonitas: esa gente que cree que ha inventado el iphone en lugar de comprarlo.
Los estetas, los esteticistas de este mundo, todos unos modernos de campeonato, me dan risa. Ensamblado en China, Diseñado en California por Apple El padre nuestro de todo chorra que se precie. Me encanta cuando los fanáticos de Apple se echan las manos a la cabeza y apuntan con su dedo (y bilis) a quien se atreve a copiar el futurista diseño de la mayoría de sus productos… Como si en California hubieran sido los primeros en dar con la forma del cuadrado y del rectángulo. ¡Venga, hombre! ¡Me encanta! Que llamen diseño a cromar un aparato que comparte la misma geometría que, un, dos, tres, responda otra vez: una pastilla de jabón -una pastilla de jabón, una libreta de notas, un talonario, una pitillera, una ficha de dominó… Por favor… La tecnocracia ha reunido un ejército de tecno-tontos que son la van-mierda del esnobismo que vive la vida por y para grabar, chatear, hablar, comprar, jugar, medir, despertar, escuchar, dibujar, buscar… a través del puto aparato.

[7] Por favor, queridas, no sufráis con la comparación si de algún modo os sentís ofendidas. Cualquier tío en circunstancias similares da la impresión de ser un retardado. De hecho cualquiera de ellos pasará toda la noche intentando poneros cachondas si no la parecéis, comportándose como un retardado para conseguirlo, o en caso de fracasar en el intento.

[8] Para otro día dejamos el caso de las parejas que se dedican a ver porno en lugar de practicarlo, algo que parece una película dentro de una película, una reflexión del arte frente a la vida, o hablar del Facebook en Facebook.



sábado, 23 de agosto de 2014

MODERNAS DE PUEBLO

En Lavapies se distinguen fácilmente tres grupos demográficos principales: árabes, gente de color, y modernas de pueblo[1], las cuales son testigos de excepción y certifican la existencia de los anteriormente mencionados en un irremediable ejercicio referencial extrapolado a sus viajes al extranjero.
Estas modernas de pueblo se amparan en el marco de la pregonada y pretendida multiculturalidad para trajinar sin miramientos con las vicisitudes de cualquier autóctono en su país de origen, porque claro, a ver cual creéis que va a ser la excusa de que le haya salido ese herpes en la boca cuando aterrizó en Barajas sino es porque le pareció un mandamiento de obligado cumplimiento probar la delicias locales y más cuando se aburría como una ostra en la barra de un bar rodeada de la misma gente que se cruza por Lavapies[2] cuando se dispone a compartir con sus compis en una terraza la botella de Lambrusco[3] que reposa en la cubitera para el champagne. Lambrusquito e historias para no dormir. A esto se le llama descontextualización, que es cuando haces fuera de tu ambiente natural todo lo que jamás se te ocurriría hacer en tu entorno habitual, ya sea disfrutar de las facilidades de un desconocido, aunque sea por aburrimiento[4], o beber vino barato, aunque te sobre el dinero y mires para otro lado cada vez que pegas un sorbo.
Lo que quiero decir con todo esto está muy claro: estoy convencido de que para las modernas de pueblo el único grupo demográfico relevante que existe en y por Lavapies es el suyo, y luego, si acaso, el servicio: gays[5] sirviendo barras; y después, paisanos en chanclas y camiseta[6]. Pero en contra de su voluntad… No, seamos justos,… en contra de sus pretensiones, con cada árabe o tipo de color que se llevan a la cama cuando visitan sus respectivos países de origen, se materializa, aunque de manera solapada, la inexistente multiculturalidad que nos quieren hacer colar desde frentes y mentes dispares columnistas acodados en la barra de un gastro-bar afterwork, politiquillos subidos al carro de la indulgencia mesiánica y la mano de obra barata, articulistas concienciados del postureo más extremo y las sandeces más absurdas, auto-canonizados caudillos exentos de cualquier atisbo de auto-crítica al frente de variopintas asociaciones en pro de la integración, sociólogos con la imperante y ridícula necesidad de congeniar su cátedra desfasada con la corrección política imperante, etc., etc. Gracias, modernas de pueblo. Gracias a vosotras, y sólo a vosotras, la utopía… toma… cuerpo.




[1] No quiero olvidarme, y por ello dejar de mencionar, a las cacatúas de toda la vida, que de todas maneras no conforman grupo demográfico alguno, sino fósil.

[2] Se cruza es la expresión adecuada para estas modernas que, sin embargo, pertenecen al Uptown.

[3] Sin saber o no querer enterarse de que se están metiendo para el cuerpo litro y medio de Don Simón italiano con casera, embotellado y servido bien frío.

[4] Y aunque sea español. Otra alternativa, jamás una reseña nacionalista (aunque entiendo que menos exótica y por ello mismo devaluada). ¡Hasta ahí podríamos llegar!

[5] Término empleado por las aludidas dentro de los confines del Distrito Centro y aledaños.

[6] Espero que un día de estos alguien reúna el valor para penar por ley chanclas y asfalto. Respetaría profundamente una artimaña tal esgrimida por cualquier moderna de pueblo que prefiera darse una alegría en cualquier otra parte y con cualquier otro antes que tragar con tal desatino.


viernes, 22 de agosto de 2014

SÁBADO NOCHE EN CUALQUIER LUGAR DE MADRID


… y claro que tienes estilo. Tu propio estilo[1], faltaría más. Como lo tienen incluso hasta los chavales de 15 años. Pero lo que te hace falta es clase; to be: saber Ser y Estar. La clase te permite diferenciar entre distintos compromisos y la forma de presentarte a cada uno de ellos. Por ejemplo, entre la boda de tu prima y el botellón en el parque con tus amigos. Al portero de Gabana, Joy Eslava, Moma[2], etc., le importa una mierda tu estilo. Lo que centra su atención es tu clase o su ausencia. Recuerda esto, para que el próximo sábado por la noche, cuando llegue el momento de dar media vuelta y despotricar contra el encargado de turno por no dejarte pasar en zapatillas, pienses un poco, joder. No es nada personal. El negocio pertenece a un señor que tiene todo el derecho del mundo a exigir cierta etiqueta para acceder a su local[3], y la culpa de que tú no formes parte de su clientela es toda tuya. Escucha, colega; deja de ser el tonto del grupo. No se te puede llevar a ninguna parte[4], pesado. Baja el tono. Nadie vulnera tus derechos ni te discrimina ¿Prometes tranquilizarte si tomamos nota para cuando se les ocurra reformar la constitución? Mira, ser idiota no es ningún delito, y por eso te salvas. ¿Por qué te empeñas en putear a tus amigos y hacerles sentir culpables si ellos entran y te dejan en la puerta? Zopenco, ¡tienes 30 años! ¡Cómprate unos zapatos de una puta vez!





[1] Quien avisa no es traidor: tu propio estilo y tú conformáis un subgrupo englobado dentro de un grupo mayor*en el que, seguramente, no eres, ni de lejos, la referencia que marca el paso.
   *…Yo que sé; échale la culpa a una diversidad biológica de patrones repetitivos –consuélate pensando en el ser humano como nada más que el resultado de un experimento extraterrestre–. También puede que se trate de la etiqueta que cose a tu espalda y sin consentimiento alguno cualquiera que tenga que llegar a las 1500 palabras al escribir un artículo sobre sociología o moda. Quizás, simplemente, muy pocos son tan originales como pretenden, sobre todo si no posees el alma de payaso de Ágata Ruiz De La Prada, o la clarividencia de los grandes diseñadores que se plagian a sí mismos, entre ellos, o que saquean el baúl de los recuerdos de tanto en cuando… Ah, sin olvidar al controvertido y últimamente inadvertido David Delfín, epítome del integrismo más proverbial y castizo.

[2] Lo admito, ¡qué terna más rancia! Entonces, ¿qué cojones pintas tú en la puerta a las tres de la mañana?

[3] Que sí, que Hitler hacía lo mismo. Por cierto, el tipo que diseñó el uniforme de su ejército fue Hugo Boss.

[4] Creo que hay lupanares en los que te prohibirían la entrada. Eso sí es triste, y no pagar por follar.









jueves, 29 de mayo de 2014

LA ESTRATEGIA DEL CANGREJO

Estoy tan muerto por dentro, he huido tantas veces de mí mismo, me he cambiado de nombre tan a menudo, que llega un día en que todas las lágrimas que guardé caen en un sólo momento. Eh, nadie dijo que fuera fácil esconderse para siempre; soy el último en llegar a la fiesta y el primero en marcharse. Antes que cualquier cosa, lo aprendí todo sobre el rechazo y la negación. El día que me ponga en serio vais a ver lo que es la tristeza de cuarenta días y cuarenta noches sin pausa, con una distancia de mil metros en el alma y el caudal de mis silencios.