jueves, 5 de diciembre de 2013

PRETTY WOMAN. Ironía e Hipocresía en la interpretación de una ficción cinematográfica y el problema de la prostitución en España

Primera parte: Ironía.

Tras ver Pretty Woman y descubrir la última campaña del Ayuntamiento de Madrid que responsabiliza y culpa al cliente de la existencia de la prostitución (entendida también y sin diferenciación como trata de blancas), criminalizando de soslayo a  todo el genero masculino por su mera existencia (a ver, la de la prostitución, pero también la de su propio genero), y cuya tesis goza del beneplácito implícito y explicito de todas la mujeres de bien de este país (y cuando digo de bien me refiero a todas las que se consideren como tales), aún me pregunto cómo un sábado por la tarde millones de ellas se arrellanan en el sofá con la mantita sobre las rodillas  para disfrutar ese irónico cuento de princesitas en el que el personaje que interpreta Richard Gere (Richard Gere de ahora en adelante) sale al encuentro del personaje interpretado por Julia Roberts (Julia Roberts de ahora en adelante), que, vaya por dios, es una prostituta. Y como cuento de princesitas moderno no tiene desperdicio el hecho fundacional de que la protagonista sea una prostituta. Lo digo porque desde ese punto de vista podríamos empezar a hacer sangre desde ya, pero vamos a pasar por alto el dato en honor a las mismas mujeres de bien anteriormente mencionadas y a quienes no pretendemos ofender. Lo más fascinante de Pretty Woman no es ver a Julia Roberts en su papel (no hay quien se lo crea, vamos), sino comprobar cómo Richard Gere vive la experiencia de la prostitución desde la parte contratante con idénticos resultados a cuando interpretó a la parte contratada. Me explico: unos años antes, Richard protagonizó American Gigoló, película en la cual daba vida a un hombre que vende sus favores sexuales a mujeres a cambio de dinero, claro está. Y, como decía, al final de la película el resultado es el mismo que en Pretty Woman: ambas mujeres caen rendidas ante sus encantos (seguramente nos encontramos ante la génesis de aquel chiste que asegura que las mujeres ven las pelis porno hasta el final para ver si los protagonistas se casan o no). Por tanto, no creo que fuera demasiado descabellado señalar a Richard Gere como el paradigma de la seducción masiva, aunque ello implique la rendición incondicional de la mujer en situaciones no menos escabrosas una de la otra. Recapitulando: ¿Cómo ha logrado entonces nuestro actor/ gigoló/ putero (o su personaje, para ser mas exactos) salir airoso en ambos casos y merecer el beneplácito sentimental de millones de espectadoras? La argucia es terrible y penosa al mismo tiempo: las mujeres que se deleitan con el chulazo de Gere y la pobrecilla de turno (teniendo siempre presente que como representantes de la parte contratante o contratada las dos despiertan el mismo grado de empatía entre sus congéneres) saben que se trata (tanto en el caso de Pretty Woman como el de American Gigoló) de una película… pero sus emociones son reales. Cualquiera podría por tanto creer que, efectivamente, la vida imita el arte… Pero, y sintiéndolo mucho, eso nunca ha sido y jamás será así. La vida no imita al arte por una razón: porque el arte desdibuja el sentido de la vida, y la Realidad siempre supera a la Ficción, y no tiene sentido negarte a cuestionarla o darle el mismo valor y/ o sentido de la misma forma que lo harías viendo una película. Porque de no ser así, no existirían Ficción ni Realidad, sólo una mentira que tú haces que pase por la verdad. Lo cual nos lleva a plantearnos la eterna pregunta de qué es verdad y qué es mentira. Aunque en este caso no importa lo más mínimo, ya que los hechos están ahí y hablan por si mismos. Es la vida la que crea el arte y no al revés. Aunque no es de extrañar que muchas mujeres de bien se tomen la vida como una película, o que muchas de ellas basen sus opiniones en lo que una serie de televisión les sugiere (por poner un ejemplo, la firma de Carmen Chaparro para la revista GQ delata a una mujer atrapada en un mundo que no existe: el de sexo en Nueva York). De tal manera, estas mujeres intentan aplicar las emociones como un sistema nuevo y lógico que desarrolla una trama que guiará su vida… O por lo menos aquellas opiniones que ni siquiera se molesten en contrastar (y me refiero a esa especie de irrefutables dogmas de género con los que se ha de comulgar, sobre todo en público, y que hacen de la unión la fuerza). Es decir: las mujeres de bien creen que las emociones desencadenan la lógica. De lo contrario Richard Gere sería un putero, y Julia Roberts solo una prostituta, ya sea ejerciendo en la calle o en un piso. O en un lupanar, que a simple vista es igual que cualquier otro local. La única peculiaridad reseñable en este tipo de locales es que te abordan mujeres por un interés declarado de antemano. De hecho esos sitios son una parodia de cualquier otro local. Allí cualquier hombre tiene el poder de rechazar a la mujer que se le acerque. Es una ironía pero no una hipocresía. Todo está calculado para que puedas predecir qué sucederá a continuación, lo cual hace que la Realidad parezca Ficción (aunque quizás sea de esta manera porque en los lupanares las mujeres se comportan de manera racional y no emocional). Admitamos entonces que existe cierta creación condensada en el aire, que se respira la misma mentira que en la película, o sea, arte. Julia Roberts podría estar trabajando dentro y cualquiera de los presentes podría ser Richard Gere. Esto resulta tan evidente y tan revelador que jamás esperaría que fuese tomado en cuenta por ninguna mujer de bien. El arte es claramente inútil, pero consubstancial a su vida de una manea que jamás querrán comprender e incluso seguramente no comprenden en absoluto las mujeres de bien que lo flipan con el Richard. Pero ya que el arte permite que concibas tener sentimientos que no tienes (ni por asomo), soy muy consciente de que la inquisición pública rebatiría esta teoría esgrimiendo que lo que se extrapola en Pretty Woman son, precisamente, sentimientos encontrados. Esa misma piedra de toque es la parte central y la más débil de su argumentación. En detrimento de las emociones, la vida se basa en acontecimientos. Si en Pretty Woman Julia Roberts no fuera una prostituta, la historia no tendría sentido. Ni la historia ni el choque emocional entre dos mundos que define un acontecimiento como aquel encuentro. Quizás tu vida, como la de la mayoría de los millones de personas de este mundo, no necesite tener sentido en el aspecto más literal del termino. Pero las películas si. Y es encuadrado en ese contexto[*] donde las emociones se desarrollan y retroalimentan a su vez dicho marco. Son dos entes indisociables y que otorgan a la película su razón de ser. El hecho de que en la vida real hayas optado por obviar deliberadamente una de las incógnitas de la ecuación jamás te ayudará a contemplar la vida más que desde la propia mentira (y los prejuicios) que prefieres creer.  Además, al eliminar el contexto eliminas de paso cualquier tipo de pensamiento que precede a la emoción con la que eliges lidiar, lo cual te incapacita intelectualmente para criticar cualquier situación derivada de ese pensamiento. Es decir: ¿quién coño se cree que es una mujer de bien para criticar a nadie que se prostituya o pague los servicios de una prostituta si Pretty Woman sólo le parece una película de amor? Como decía, la Ficción ha de tener algún sentido. Pero esta Ficción no crea un libre albedrío en la Realidad, no la influye a priori. Porque de ser así simplemente nos estarían lavando el cerebro. La Ficción no puede influir en la Realidad para que dicha Realidad creada licite la Ficción. O dicho de otro modo, no puedes pretender que irse de putas en Pretty Woman sea romántico para luego censurar lo mismo al vecino del 4º porque eso no te haga sentir de la misma manera que te sentiste viendo la película. Que la misma situación se diera en la Realidad no desdibuja el hecho de que, incluso en la Ficción, una prostituta es una prostituta y un putero un putero.
La Ficción resalta todos los silencios de la existencia. Y si en base a la Ficción se emiten juicios de valor, esto convierte a la existencia en una hipocresía.


Segunda parte: Hipocresía.

¿Cuál es la diferencia entre una prostituta y una actriz porno? ¿El arte tal vez?
Seguramente este artículo no tendría ningún sentido en Holanda o Alemania, dos sociedades que han reconocido que la prostitución no es un problema. En España el problema lo tiene la gente bienpensante y convencida de que la prostitución es un problema para el que no la consume.
En cierta ocasión reconocí a una call-girl de la tele en un local de los que podrían catalogarse como normales. Acompañaba a un vejestorio que no le prestaba demasiada atención en ese momento, lo cual aproveché para comenzar una animada conversación (en mi empeño de hacer literatura de cualquier situación posible) en la que me confesó que quería comprarse un Mercedes y tenía el dinero necesario para hacerlo, lo cual, supongo, demuestra que la dignidad de la mujer es única e indisociable y le pertenece exclusivamente a cada una de ellas (con estas mismas palabras me lo explicó en una ocasión Casey Rossfield). No creo que haya ni una sola mujer de bien en este bendito país que repare a diario en el hecho de que, si hay quien vende su cuerpo a su antojo, como Julia Roberts (ejem, ya sabéis, su personaje), eso envilece la dignidad de todas las demás mujeres que no lo hacen (curioso: pienso en Richard Gere dedicándose a lo mismo y, como mucho, me provoca cierta envidia sana). Entre otras muchas cosas porque son incapaces de admitir que cada fin de semana se tropiezan con un buen número de prostitutas en cada una de sus inexpugnables atalayas lúdicas a las que acuden a pasear el palmito. No existe eso que de forma generalizada llaman la dignidad de la mujer. Se trata de demagogia. Que no intenten colarnos la bandera única de la dignidad universal de la mujer cuando, como individuos, ya seamos Ellas o Ellos, nos importa realmente una mierda la vida de nadie que no seamos nosotros mismos. Y si no, que alguien me explique por qué cojones da tanto asco el mundo en el que vivimos. No te jode.
Efectivamente, resulta sospechosa la vehemencia con la que se defiende a quien no se conoce si el debate se plantea de manera pública. Sobre todo, y que no quepa la menor duda, si se trata del político-medio-español en perpetua campaña electoral. Y más aún cuando se excluye de dicho debate a las propias interesadas (un buen apunte tomado de la conferencia de Casey Rossfield Follar. Un verbo en desuso). Debe ser que la dignidad de la mujer de bien no admite la paridad con las demás. ¡Bravo! Así es como avanza viento en popa el neo-machismo recalcitrante de la abuela, enquistado bajo las faldas de su hija y de su nieta, todas mujeres de bien. Por supuesto. Escuchad, mujeres de bien: las prostitutas no necesitan vuestra dignidad, merecen RESPETO. Aunque tan sólo fuera porque los lupanares están abarrotados de hombres casados y cada una de vosotras sabrá cuáles son los motivos en cada caso (vamos, digo yo). Y he aquí el quid de la cuestión: lo que la mujer de bien detesta de las prostitutas es su actividad profesional (y estoy sugiriendo tanto el infinitivo como el gerundio del verbo al… uso). Destetan que sus novios, sus hijos, amigos, conocidos, tú mismo, utilicen el servicio de compañía de estas señoritas (nunca lo entenderé, pero si eres Sabina te excluyen de la lista). Incluso detestan a la fresca de su amiga si se marcha a la cama con alguien que ha conocido esa misma noche. Estoy convencido de que todas las mujeres de bien que velan para que la prostitución no se reconozca, lo que a su vez desean es que la prostitución desaparezca. Más allá de negar sus derechos y obligaciones a las prostitutas, no soportan la competencia que representa, pues contemplan el sexo de una sola manera: han de sentirse enamoradas por la otra persona para follar… ¡Ay, ay, ay! ¡Contemplad la secreta ironía y el verdadero conflicto que en la vida real supone para toda mujer de bien Pretty Woman!
El problema con la prostitución es que no hay problema alguno. La prostitución no indigna a quien puede sino a quien quiere. La prostitución es una cuestión moral y no legal. Es una ocupación no reconocida ni regulada (una economía sumergida de billones de euros), pero no penada, pues el régimen de autónomos permitiría a Julia Roberts englobar su actividad en el conjunto de las ocupaciones liberales. Evidentemente, no declarar a hacienda con un consentimiento tácito y respaldado por un puritanismo institucional y, todavía peor, social, constituye una hipocresía flagrante (y un agravio comparativo para con los demás contribuyentes) al permitir un vacío legal que justifique un pudor ridículo y secular. Pero lo peor no es eso. Si la prostitución no represente problema alguno, la trata de blancas sí, absolutamente despreciable y que tiene que ser perseguida y castigada con todo el peso y los recursos al alcance de la ley. No explicar la diferencia entre ambas de manera clara y concisa no atiende más que a una actitud ventajista a la hora de obtener el voto de la mayoría bienpensante. Y esto constituye otra hipocresía, y una clase de vileza insultante y demasiado extendida por desgracia y desde hace tiempo en un país donde las cabezas pensantes se empecinan en solucionar cualquier problema apelando a las consecuencias sin atender a su raíz. Hoy día pretenden penar al cliente de la prostitución y hacerlo así partícipe moral de la existencia de la trata de blancas. Y yo me pregunto: ¿por qué la lucha contra el contrabando de tabaco o el tráfico ilegal de estupefacientes no incluye penas para quien lo consume? … A no ser que un porcentaje de la subida del precio de la cajetilla de cigarrillos responda a esta cuestión, lo cual resultaría un paralelismo patético. Aunque congruente al fin y al cabo.





[*] El contexto lo es todo en la vida. La misma mujer que no tendría reparos en hacer top-less en una playa abarrotada, no le enseñaría las tetas a nadie en un bar. La misma que caminaría despreocupada en bikini por la orilla de la playa, no pasearía en sujetador y en bragas por la calle.