jueves, 26 de diciembre de 2013

LA VIDA SIGUE IGUAL


Pasa la vida, y la vida sigue igual. El niño que fui regresa a casa por navidad; el mismo que no asume ni uno de los errores cometidos a lo largo del camino, que quiere y piensa que puede hacer que todo vuelva a empezar. Y nada comienza de nuevo. Pasa la vida, y la vida sigue igual, así que, o sueltas lastre, o haces hueco. Tú veras.
El significado más aceptado de la palabra madurez implica un tránsito; no necesariamente un cambio. Si queremos ser sinceros con la naturaleza humana y con la lógica y el pensamiento expresado por el hombre a lo largo de su existencia (su historia, su tradición y herencia cultural), convendremos en admitir que el ser humano tiene el deber de perfeccionarse y de asumir la acción de la experiencia que inequívocamente desdeña aquellos valores desfasados en cada proceso. En ningún caso quiere esto decir que haya que desembarazarse forzosamente de realidades absolutas que formaron parte de nosotros durante una etapa de nuestra vida, como, por ejemplo, la devoción por el Rock and Roll, ya que así como algunas son inherentes e innatas a nosotros y afloran de una manera natural e inadvertida, la libre elección de otras conforma una parte esencial de la arquitectura de nuestra personalidad: del singular entramado presente tejido por nuestro pasado; de un Yo verdadero sobre el que escribir en un futuro.
Al contrario, son muchos los que cifran la madurez del individuo en términos meramente formales, convirtiéndolo en un instrumento en lugar de reconocerlo como causa. Madurar consiste pues en olvidar al hombre que fuimos para convivir con un hombre del que nada sabemos.
La perfección es una progresión continua que no exige que renunciemos a nada; y bajo el peso de la palabra madurez se engloba el valor de nuestros esfuerzos y de lo aprendido. Por todo, y por eso mismo, el significado de la palabra está muy por encima del sentido satisfactorio que para el mortal corriente supone adaptarse sistemáticamente al común denominador. Por ejemplo, a la fórmula coche-casa-mujer-niños.
Quien encara con este ánimo la madurez, real o figurada, tiene todos los visos de convertirse en un reo del sistema celular que organiza y divide a la sociedad, igual que su padre, y su abuelo, y todas las generaciones que le precedieron. No hay nada malo en ello, supongo, salvo por un pequeño detalle: a fin de cuentas entiendo que estás demasiado atado a tu vida como para participar en una revolución[1], y que lo tuyo es la terapia de grupo, es decir, vociferar al amparo de la muchedumbre y confundir la esperanza con el consuelo de todos los presentes; pero de ahí a que creas que algo de eso te excusa y que la solución es unirte a la charanga de turno, hay un paso, o dos. Si tienes tanto que perder, ¿por qué gritas tan alto?
El año nuevo siempre trae la promesa de algo mejor, ¿pero quién hace esa promesa? ¿Nos la hacemos nosotros mismos? Parece paradójico que en nochevieja coincidan las mismas esperanzas, tanto por el hecho de despedir el viejo año como de celebrar el que entra. ¿Acaso no es lo que sucede cuando echamos la quiniela semana tras semana?
Mira, cuando cumples años, el paso del tiempo es una afirmación del Yo, mientras que el día 31 de diciembre delimita las circunstancias de nuestra existencia. Por eso, cuando celebras tu aniversario te sientes más viejo, mientras que en nochevieja esperas que las cosas mejoren con el paso del tiempo, que nunca retrocede, y que te espera a la vuelta de la esquina para recordarte que eres más viejo. Y llegan las navidades sin darte cuenta y tu hija se compra un vestido idéntico al que estrenara la nochevieja pasada[2], porque todo lo nuevo parece mejor aunque sea lo mismo y tardemos exactamente el mismo tiempo en darnos cuenta. Y vuelta a empezar. ¿Lo pillas?
Sé que me la estoy jugando y que lo más seguro es que reciba la visita de los fantasmas de la navidad. Pero estoy preparado, y me quedaré esperándolo en casa. A ella o a él. Total, en halloween me quedó claro que llevo años entrenando para ese momento de epifanía: conozco a un buen número de fantasmas y de brujas.









[1] Sé que los que esperaban una revolución ya se han comprado el iPhone 5c y la PlayStation 4.

[2] De un año para otro un vestido que esté criando polvo en el armario no puede hacer que te sientas como una princesita. Es mejor uno que haya pasado por un par de axilas ajenas en el probador. Nada que huela a naftalina hará que te sientas como Cenicienta.