lunes, 23 de diciembre de 2013

FÚTBOL


Cuando era pequeño apenas pensaba en lo que hacia (cosa que no ha cambiado mucho y que sólo demuestra que podría ser el mejor de los actores del método), y menos cuando jugaba al fútbol. Simplemente me dedicaba a jugar. Nada más. Precisamente, nada más. Una vez plantado en el terreno de juego, ponía los cinco sentidos en pos del balón; lograba una concentración que mantenía mi mente limpia, totalmente inmerso en el dominio. No veía mucho fútbol entonces. Me importaba más jugar que ver un partido. Confieso incluso que me aburría pasar 90 minutos delante del televisor. Después llegarían las lesiones, el trabajo, y mi silenciosa retirada. Y fue entonces cuando empecé a tragarme partido tras partido, y a disfrutarlo. Si bien antes la acción había anulado mi capacidad de juicio, o por lo menos lo había mantenido en cuarentena, ahora disponía de todo el tiempo del mundo para analizar tranquilamente los matices del deporte rey: técnica y tácticas, los pros y los contras de los cambios en la reglamentación, los criterios (clasificatorios) para los distintos formatos de las distintas competiciones, etc.; pero también los aspectos chabacanos que siempre orbitan en torno al planeta fútbol, todos ellos representados y propagados por la chirriante y farandulera prensa deportiva: conjeturas sin base ni fundamento ni contraste alguno entre la verdad y la opinión, portadas malintencionadas, ultras ocupando el puesto de jefe de redacción, etc., etc. Tal vez la causa fuera el resultado de la acumulación de partidos durante años; o quizás haya sido el histerismo y el auto-bombo con el que son retransmitidos los encuentros hoy en día (cierras los ojos y no diferencias un Elche vs Valladolid de la final de la Copa del Mundo). El caso es que algo contribuyó a que el pasado martes me preguntara a mí mismo por el significado justo de la competición en que se enmarcaba un apasionante Barça vs Cartagena. Y he aquí mis consideraciones al respecto.
Llevo un tiempo sopesando la siguiente idea: la Copa del Rey[1] no tiene sentido deportivo alguno en la actualidad. Debería haber sido abolida con la instauración en 1928/ 29 de la Primera División de España (lo que comúnmente conocemos como la Liga) y las subsiguientes categorías nacionales de fútbol. Se trata de un certamen que enfrenta a clubes de 1ª, 2ª, 2ªB y 3ª división para dilucidar, como no podría ser de otra manera, quién es el mejor de todos ellos. Es una idea bastante tosca y redundante, puesto que cada uno de los participantes se encuentra inscrito en distintas categorías atendiendo a su clasificación en el organigrama del fútbol nacional. Semejante condición queda certificada de una manera tan manifiesta como predecible por el hecho de que la final siempre es disputada, como es lógico, por equipos de Primera División[2]. Por lo tanto, me gustaría observar que, si bien se trata de comprobar cuál es el mejor club del llamado torneo del K.O., ¿importa realmente tal consideración, más aún si cabe cuando el campeón de Copa puede serlo también de Liga?

Básicamente, son los plumillas quienes hacen un uso licencioso del término pugilístico K.O. para referirse a una competición que en ningún caso puede aludir a ese repentino golpe de castigo que privaría a cualquier representante de Primera de conquistar el titulo. Con su analogía evocan en crónicas y retransmisiones un romanticismo puro y casi pueril (prácticamente amateur), un amor al juego por encima de todas las circunstancias y que, salvando las distancias, se materializaría con la derrota de estos conjuntos para mayor grandeza del fútbol, y sus titulares. Este K.O. ilusorio (y escarnio deseado por los editoriales deportivos) resultaría más factible (incluso cabría esperar alguna que otra escabechina) si las eliminatorias fueran a partido único en campo del equipo de inferior categoría. Huelga decir que la mera insinuación de una equivalencia en los gastos de desplazamiento y dividendos de taquilla entre ambas entidades deportivas sólo provoca risa y ridículas comparaciones, por mucho que los mismos plumillas se empeñen en que de tal forma se cuadra el balance económico de ese año del Cartagena, el Xativa, el Alcorcón, o de quien sea.
Así pues, como decía, deportivamente hablando, ¿tiene sentido una competición sesgada tanto estructural como coyunturalmente? ¿O es que a la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) no se le ocurre nada mejor para hacer caja aparte de las ridículas giras de la Selección?

No obstante, La Copa tenía un cierto sentido deportivo a una escala supranacional cuando, en vísperas de la creación de la Liga de Campeones y con la Copa de la UEFA en pleno apogeo, el titulo te daba derecho a participar en la Recopa de Europa de la temporada siguiente, escenario donde, entonces sí, se dirimía el galardón de mejor equipo europeo del torneo del K.O.[3] en una (por lo menos hipotética) igualdad de condiciones.
           
Si esta era una justa excepción, ya se encargó la UEFA de cargarse cualquier atisbo de justicia en el fútbol. A la todo poderosa UEFA se le puso tiesa planeando una autentica (¿?) liga europea formada por los principales referentes balompédicos del viejo continente y cuya retransmisión dejaría pingues beneficios en sus arcas gracias a los contratos televisivos. Así nació otra sinrazón, la deformidad que se conoce con el nombre de Liga de Campeones, una aberración de lo que era la antigua Copa de Europa donde el término genérico se ha extendido sin tapujos al 2º, 3º y hasta el 4º clasificado de la liga doméstica correspondiente[4].
Evidentemente, para evitar una tropelía deportiva mayor se establecieron cabezas de serie en los sorteos de cada grupo con el propósito de que los verdaderos campeones lo tuvieran fácil para superar la fase de liguilla (sin embargo, también estoy dispuesto a creer en un favoritismo descarado en loor de una conveniente seguridad económica, por supuesto). De vez en cuando esta artimaña resulta insuficiente y en los octavos de final se cuela un invitado sorpresa que, a la sazón, si militara en nuestra Liga, tendría muy difícil clasificarse en cualquier posición que diera derecho a un puesto europeo. Sin contar con que, probablemente, no jugaría ni en Primera División. ¿Qué sentido deportivo (empero) le queda entonces a la Liga de Campeones, si los verdaderos campeones de liga tienen que pelearse también con los que se quedaron por detrás de ellos en sus respectivas ligas?

Para rizar el rizo, la UEFA instauró un formato delirante para remozar la Copa de la UEFA[5], rebautizada posteriormente como Liga Europea (UEFA Europa League), que engloba a los vencedores de Copa, los clasificados para la antigua Copa de la UEFA, y, para mayor despropósito, los clasificados en tercer lugar en su grupo de la liguilla de Champions. Vayamos por partes:
A) Respecto a los participantes inscritos que hubieran jugado la vieja Copa de la UEFA. ¿Qué clase de gloria espera al mejor de entre los quintos, sextos y séptimos clasificados de sus correspondientes ligas nacionales? ¿Qué demuestra ser el primero de los mediocres europeos?
B) ¿Y qué decir de ése campeón de la Copa del Rey que ni siquiera ha quedado entre los siete primeros de su liga pero que accede a una plaza europea después de ganar un trofeo paralelo?
C) Una muestra de la clase de justicia que administra la UEFA: con la inclusión desde el principio de la fase eliminatoria de los equipos clasificados en tercera posición de su grupo de la Liga de Campeones, la pregunta sería: ¿qué es mejor, pasar a octavos de la Champions siendo un manta y palmar a las primeras de cambio o ser tercero y recalar en la Liga Europea, seguir cobrando por enfrentarse a rivales inferiores (aunque no hayas demostrado un nivel mucho mayor) y optar al titulo? Para la UEFA tiene una lógica aplastante que un mismo club opte al principio de la temporada a dos títulos continentales distintos y con criterios de clasificación diferentes; no así que un mismo profesional pueda jugar en dos equipos distintos una misma competición si es traspasado en enero. ¿Qué coño cabe esperar de esta mierda?

De toda esta mierda cabe esperar, por poner un ejemplo, que en la temporada 1999/ 2000 el Arsenal y el Galatasaray, incapaces de progresar en la Champions League, alcanzaran la final de la Copa de la UEFA. Supongo que como premio de consolación no está mal. También que a los demás interesados no les hizo ni puta gracia. Pero el peor ejemplo es el que nos brinda (de rebote) el Chelsea Football Club, que se alzó con el máximo galardón europeo en la campaña 2011/ 12 sin haber conseguido el campeonato de liga ingles el año anterior, y que posteriormente fue vapuleado en la Supercopa de Europa (partido único en el que se enfrentan el campeón de Liga de Campeones y el ganador de la Liga Europea) por el Atlético de Madrid. ¿Debería enumerar la cantidad de incongruencias que representa la disputa de este titulo, y por extensión, la de cualquier Supercopa nacional entre campeón de Liga y de Copa?

Con todo, el eslogan de la UEFA es WE CARE ABOUT FOOTBALL. Y es curioso, porque en su traducción, el verbo ingles care tiene varias acepciones, dos de las cuales se refieren a dos conceptos sutilmente diferentes: a la UEFA le importa el fútbol mucho más de lo que trata de cuidarlo. Normal, es su gallina de los huevos de oro.





[1] Creada en 1903 a raíz del éxito un año antes de la llamada Copa de la Coronación, siendo el torneo de fútbol más antiguo de España. Su denominación histórica y genérica es la de Campeonato de España, y como se puede inferir, en ausencia de una liga como hoy la conocemos era la única competición de fútbol existente en nuestro país.

[2] La maravillosa y única excepción que confirma la regla se vivió en la final de la temporada 1979/ 1980, que enfrentó al Real Madrid con el Castilla, su filial (para que luego hablen por ahí de cantera). En el año 1991 la RFEF llevó a efecto un cambio en sus estatutos que afectó directamente a los equipos B o filiales. Desde ese momento se impidió su participación en la Copa del Rey (circunstancia aún vigente en la actualidad).

[3] Aunque, como en su vertiente nacional y original, me sigue pareciendo una regularidad calculada (a menor escala si acaso) y que especula con el resultado de los partidos de la ida y la vuelta, lo cual puede aplicarse también a la actual Liga de Campeones y Liga Europea.

[4] Si bien este último debe superar una fase previa eliminatoria contra un rival de condición similar. El número de campeones varía de 4 a 3 e incluso de 2 a 1 dependiendo del coeficiente UEFA otorgado a cada una de las ligas nacionales representadas (no merece la pena explicar un coeficiente basado en un criterio arbitrario y observado por la UEFA en exclusiva).

[5] Cambio impulsado por un antiguo presidente de la UEFA en los setenta, Artemio Franchi, para, utilizando sus propias palabras, modernizar la competición. Intuyo que fue al grito de ¡Enséñame la pasta!