sábado, 9 de noviembre de 2013

ADELANTE, SALTA

La única vez que he robado algo fue con 17 años. Y creo que el delito ha prescrito, así que no os emocionéis. En realidad, fue un gesto de lo más revolucionario, igual que colarse en el metro en estos tiempos que corren, como intentaré explicar a continuación.
Una tarde me fui a un conocido centro comercial a comprar el por aquel entonces último trabajo de Van Halen (un disco doble en directo): Live: Right Here, Rigth Now. Me costó 3200 de las antiguas pesetas. Una pequeña fortuna que estuve ahorrando casi durante un mes, arañando copas de mi exigua paga. Bueno, ya sabéis cómo es eso de ser adolescente: necesitaba ese casette. Pero el precio me pareció tan excesivo que me tomé la libertad de considerar bastante justo llevarme sin declararlo al pasar por caja el también nuevo trabajo de Stryper (que ya tiene lo suyo el nombre refiriéndose a una banda de rock cristiano): Againts the law (pronto comprobareis que todo cuadra), el primer disco del grupo que se alejaba de la colección de salmos rockeros que había constituido su discografía hasta el momento. Además, de vuelta a casa, la propia voz de Diamond Dave me arengaba Adelante, salta, y así acabe colándome en el metro. Normal, no me quedaba dinero después del sablazo…
Para hacer que comprendiera las cosas, el mismísimo Jefe me dio una patada retórica que me iluminó: aparte del canguelo a que me pillaran (que me duró hasta llegar a casa), debido a un error en la impresión del libreto, la canción que más me gustaba del álbum de Stryper no tenía su letra impresa. Parece una tontería, pero entonces me molesto muchísimo que alguien pusiera a la venta un articulo defectuoso. Aunque no lo hubiera pagado. De todos modos ya podía darme con un canto en los dientes: no me habían pillado robando ni colándome en el metro. Pero colarte en el metro no es robar (ni mucho menos al contribuyente). Es dejar de pagar. O más específicamente, no dejarse robar a uno mismo. Cuando la subida trianual del billete y el tarifazo porcentual no conllevan una mejora del servicio ni el mantenimiento de la flota, eso es robar. Así que, para evitar el hurto al que me expongo cada vez que viajo en metro, tengo que ir contra la ley.
Supongo que al fin y al cabo no he aprendido nada. Pero me siento como Robin Hood. Aunque sólo sea un ejemplo para los que son tan pobres como yo. Pero es que la portada del disco de Van Halen mostraba al cristo del sagrado corazón en mitad de una casa en ruinas, devastada por el paso de un ciclón. Y su mensaje, a mí me lo parece, está claro: la caridad es cosa, paradójicamente, de pobres. Y la caridad empieza por uno mismo. La lucha contra el imperio del mal (disco the Rage Against The Machine) comienza con una lucha interior, contra nosotros mismos, una toma de conciencia que supone cambiar uno mismo si no puede cambiar el mundo. Y ese es el paso a seguir para dar el próximo: cambiar el mundo. La revolución comienza negándonos a pagar. No hace falta destruir nada. Supongo que todo me daba la razón para mangar aquel disco. Dios quiere tener cerca a los santos, y más cerca a los pecadores.
Aun sigo esperando en vano el próximo disco de Stryper (siempre me gustó el sonido de su batería). Pero, si os preguntáis que fue antes, si el huevo o la gallina, os responderé que ninguno de los dos. Fueron Van Halen, el propósito inicial de mi visita al centro comercial. Así que supongo que sigo haciendo las cosas bien.

Sin embargo, dado que el rock es la música del diablo, ¿no podría toda esta historia estar auspiciada por un engaño de Lucifer (el hijo de la luz)? Quizás. Pero eso no resta valor a que, seguramente, haya coincidido o se haya adelantado al plan divino. ¿Quien dice pues que hacer algo impropio no es a veces lo justo?