jueves, 26 de diciembre de 2013

LA VIDA SIGUE IGUAL


Pasa la vida, y la vida sigue igual. El niño que fui regresa a casa por navidad; el mismo que no asume ni uno de los errores cometidos a lo largo del camino, que quiere y piensa que puede hacer que todo vuelva a empezar. Y nada comienza de nuevo. Pasa la vida, y la vida sigue igual, así que, o sueltas lastre, o haces hueco. Tú veras.
El significado más aceptado de la palabra madurez implica un tránsito; no necesariamente un cambio. Si queremos ser sinceros con la naturaleza humana y con la lógica y el pensamiento expresado por el hombre a lo largo de su existencia (su historia, su tradición y herencia cultural), convendremos en admitir que el ser humano tiene el deber de perfeccionarse y de asumir la acción de la experiencia que inequívocamente desdeña aquellos valores desfasados en cada proceso. En ningún caso quiere esto decir que haya que desembarazarse forzosamente de realidades absolutas que formaron parte de nosotros durante una etapa de nuestra vida, como, por ejemplo, la devoción por el Rock and Roll, ya que así como algunas son inherentes e innatas a nosotros y afloran de una manera natural e inadvertida, la libre elección de otras conforma una parte esencial de la arquitectura de nuestra personalidad: del singular entramado presente tejido por nuestro pasado; de un Yo verdadero sobre el que escribir en un futuro.
Al contrario, son muchos los que cifran la madurez del individuo en términos meramente formales, convirtiéndolo en un instrumento en lugar de reconocerlo como causa. Madurar consiste pues en olvidar al hombre que fuimos para convivir con un hombre del que nada sabemos.
La perfección es una progresión continua que no exige que renunciemos a nada; y bajo el peso de la palabra madurez se engloba el valor de nuestros esfuerzos y de lo aprendido. Por todo, y por eso mismo, el significado de la palabra está muy por encima del sentido satisfactorio que para el mortal corriente supone adaptarse sistemáticamente al común denominador. Por ejemplo, a la fórmula coche-casa-mujer-niños.
Quien encara con este ánimo la madurez, real o figurada, tiene todos los visos de convertirse en un reo del sistema celular que organiza y divide a la sociedad, igual que su padre, y su abuelo, y todas las generaciones que le precedieron. No hay nada malo en ello, supongo, salvo por un pequeño detalle: a fin de cuentas entiendo que estás demasiado atado a tu vida como para participar en una revolución[1], y que lo tuyo es la terapia de grupo, es decir, vociferar al amparo de la muchedumbre y confundir la esperanza con el consuelo de todos los presentes; pero de ahí a que creas que algo de eso te excusa y que la solución es unirte a la charanga de turno, hay un paso, o dos. Si tienes tanto que perder, ¿por qué gritas tan alto?
El año nuevo siempre trae la promesa de algo mejor, ¿pero quién hace esa promesa? ¿Nos la hacemos nosotros mismos? Parece paradójico que en nochevieja coincidan las mismas esperanzas, tanto por el hecho de despedir el viejo año como de celebrar el que entra. ¿Acaso no es lo que sucede cuando echamos la quiniela semana tras semana?
Mira, cuando cumples años, el paso del tiempo es una afirmación del Yo, mientras que el día 31 de diciembre delimita las circunstancias de nuestra existencia. Por eso, cuando celebras tu aniversario te sientes más viejo, mientras que en nochevieja esperas que las cosas mejoren con el paso del tiempo, que nunca retrocede, y que te espera a la vuelta de la esquina para recordarte que eres más viejo. Y llegan las navidades sin darte cuenta y tu hija se compra un vestido idéntico al que estrenara la nochevieja pasada[2], porque todo lo nuevo parece mejor aunque sea lo mismo y tardemos exactamente el mismo tiempo en darnos cuenta. Y vuelta a empezar. ¿Lo pillas?
Sé que me la estoy jugando y que lo más seguro es que reciba la visita de los fantasmas de la navidad. Pero estoy preparado, y me quedaré esperándolo en casa. A ella o a él. Total, en halloween me quedó claro que llevo años entrenando para ese momento de epifanía: conozco a un buen número de fantasmas y de brujas.









[1] Sé que los que esperaban una revolución ya se han comprado el iPhone 5c y la PlayStation 4.

[2] De un año para otro un vestido que esté criando polvo en el armario no puede hacer que te sientas como una princesita. Es mejor uno que haya pasado por un par de axilas ajenas en el probador. Nada que huela a naftalina hará que te sientas como Cenicienta.

lunes, 23 de diciembre de 2013

FÚTBOL


Cuando era pequeño apenas pensaba en lo que hacia (cosa que no ha cambiado mucho y que sólo demuestra que podría ser el mejor de los actores del método), y menos cuando jugaba al fútbol. Simplemente me dedicaba a jugar. Nada más. Precisamente, nada más. Una vez plantado en el terreno de juego, ponía los cinco sentidos en pos del balón; lograba una concentración que mantenía mi mente limpia, totalmente inmerso en el dominio. No veía mucho fútbol entonces. Me importaba más jugar que ver un partido. Confieso incluso que me aburría pasar 90 minutos delante del televisor. Después llegarían las lesiones, el trabajo, y mi silenciosa retirada. Y fue entonces cuando empecé a tragarme partido tras partido, y a disfrutarlo. Si bien antes la acción había anulado mi capacidad de juicio, o por lo menos lo había mantenido en cuarentena, ahora disponía de todo el tiempo del mundo para analizar tranquilamente los matices del deporte rey: técnica y tácticas, los pros y los contras de los cambios en la reglamentación, los criterios (clasificatorios) para los distintos formatos de las distintas competiciones, etc.; pero también los aspectos chabacanos que siempre orbitan en torno al planeta fútbol, todos ellos representados y propagados por la chirriante y farandulera prensa deportiva: conjeturas sin base ni fundamento ni contraste alguno entre la verdad y la opinión, portadas malintencionadas, ultras ocupando el puesto de jefe de redacción, etc., etc. Tal vez la causa fuera el resultado de la acumulación de partidos durante años; o quizás haya sido el histerismo y el auto-bombo con el que son retransmitidos los encuentros hoy en día (cierras los ojos y no diferencias un Elche vs Valladolid de la final de la Copa del Mundo). El caso es que algo contribuyó a que el pasado martes me preguntara a mí mismo por el significado justo de la competición en que se enmarcaba un apasionante Barça vs Cartagena. Y he aquí mis consideraciones al respecto.
Llevo un tiempo sopesando la siguiente idea: la Copa del Rey[1] no tiene sentido deportivo alguno en la actualidad. Debería haber sido abolida con la instauración en 1928/ 29 de la Primera División de España (lo que comúnmente conocemos como la Liga) y las subsiguientes categorías nacionales de fútbol. Se trata de un certamen que enfrenta a clubes de 1ª, 2ª, 2ªB y 3ª división para dilucidar, como no podría ser de otra manera, quién es el mejor de todos ellos. Es una idea bastante tosca y redundante, puesto que cada uno de los participantes se encuentra inscrito en distintas categorías atendiendo a su clasificación en el organigrama del fútbol nacional. Semejante condición queda certificada de una manera tan manifiesta como predecible por el hecho de que la final siempre es disputada, como es lógico, por equipos de Primera División[2]. Por lo tanto, me gustaría observar que, si bien se trata de comprobar cuál es el mejor club del llamado torneo del K.O., ¿importa realmente tal consideración, más aún si cabe cuando el campeón de Copa puede serlo también de Liga?

Básicamente, son los plumillas quienes hacen un uso licencioso del término pugilístico K.O. para referirse a una competición que en ningún caso puede aludir a ese repentino golpe de castigo que privaría a cualquier representante de Primera de conquistar el titulo. Con su analogía evocan en crónicas y retransmisiones un romanticismo puro y casi pueril (prácticamente amateur), un amor al juego por encima de todas las circunstancias y que, salvando las distancias, se materializaría con la derrota de estos conjuntos para mayor grandeza del fútbol, y sus titulares. Este K.O. ilusorio (y escarnio deseado por los editoriales deportivos) resultaría más factible (incluso cabría esperar alguna que otra escabechina) si las eliminatorias fueran a partido único en campo del equipo de inferior categoría. Huelga decir que la mera insinuación de una equivalencia en los gastos de desplazamiento y dividendos de taquilla entre ambas entidades deportivas sólo provoca risa y ridículas comparaciones, por mucho que los mismos plumillas se empeñen en que de tal forma se cuadra el balance económico de ese año del Cartagena, el Xativa, el Alcorcón, o de quien sea.
Así pues, como decía, deportivamente hablando, ¿tiene sentido una competición sesgada tanto estructural como coyunturalmente? ¿O es que a la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) no se le ocurre nada mejor para hacer caja aparte de las ridículas giras de la Selección?

No obstante, La Copa tenía un cierto sentido deportivo a una escala supranacional cuando, en vísperas de la creación de la Liga de Campeones y con la Copa de la UEFA en pleno apogeo, el titulo te daba derecho a participar en la Recopa de Europa de la temporada siguiente, escenario donde, entonces sí, se dirimía el galardón de mejor equipo europeo del torneo del K.O.[3] en una (por lo menos hipotética) igualdad de condiciones.
           
Si esta era una justa excepción, ya se encargó la UEFA de cargarse cualquier atisbo de justicia en el fútbol. A la todo poderosa UEFA se le puso tiesa planeando una autentica (¿?) liga europea formada por los principales referentes balompédicos del viejo continente y cuya retransmisión dejaría pingues beneficios en sus arcas gracias a los contratos televisivos. Así nació otra sinrazón, la deformidad que se conoce con el nombre de Liga de Campeones, una aberración de lo que era la antigua Copa de Europa donde el término genérico se ha extendido sin tapujos al 2º, 3º y hasta el 4º clasificado de la liga doméstica correspondiente[4].
Evidentemente, para evitar una tropelía deportiva mayor se establecieron cabezas de serie en los sorteos de cada grupo con el propósito de que los verdaderos campeones lo tuvieran fácil para superar la fase de liguilla (sin embargo, también estoy dispuesto a creer en un favoritismo descarado en loor de una conveniente seguridad económica, por supuesto). De vez en cuando esta artimaña resulta insuficiente y en los octavos de final se cuela un invitado sorpresa que, a la sazón, si militara en nuestra Liga, tendría muy difícil clasificarse en cualquier posición que diera derecho a un puesto europeo. Sin contar con que, probablemente, no jugaría ni en Primera División. ¿Qué sentido deportivo (empero) le queda entonces a la Liga de Campeones, si los verdaderos campeones de liga tienen que pelearse también con los que se quedaron por detrás de ellos en sus respectivas ligas?

Para rizar el rizo, la UEFA instauró un formato delirante para remozar la Copa de la UEFA[5], rebautizada posteriormente como Liga Europea (UEFA Europa League), que engloba a los vencedores de Copa, los clasificados para la antigua Copa de la UEFA, y, para mayor despropósito, los clasificados en tercer lugar en su grupo de la liguilla de Champions. Vayamos por partes:
A) Respecto a los participantes inscritos que hubieran jugado la vieja Copa de la UEFA. ¿Qué clase de gloria espera al mejor de entre los quintos, sextos y séptimos clasificados de sus correspondientes ligas nacionales? ¿Qué demuestra ser el primero de los mediocres europeos?
B) ¿Y qué decir de ése campeón de la Copa del Rey que ni siquiera ha quedado entre los siete primeros de su liga pero que accede a una plaza europea después de ganar un trofeo paralelo?
C) Una muestra de la clase de justicia que administra la UEFA: con la inclusión desde el principio de la fase eliminatoria de los equipos clasificados en tercera posición de su grupo de la Liga de Campeones, la pregunta sería: ¿qué es mejor, pasar a octavos de la Champions siendo un manta y palmar a las primeras de cambio o ser tercero y recalar en la Liga Europea, seguir cobrando por enfrentarse a rivales inferiores (aunque no hayas demostrado un nivel mucho mayor) y optar al titulo? Para la UEFA tiene una lógica aplastante que un mismo club opte al principio de la temporada a dos títulos continentales distintos y con criterios de clasificación diferentes; no así que un mismo profesional pueda jugar en dos equipos distintos una misma competición si es traspasado en enero. ¿Qué coño cabe esperar de esta mierda?

De toda esta mierda cabe esperar, por poner un ejemplo, que en la temporada 1999/ 2000 el Arsenal y el Galatasaray, incapaces de progresar en la Champions League, alcanzaran la final de la Copa de la UEFA. Supongo que como premio de consolación no está mal. También que a los demás interesados no les hizo ni puta gracia. Pero el peor ejemplo es el que nos brinda (de rebote) el Chelsea Football Club, que se alzó con el máximo galardón europeo en la campaña 2011/ 12 sin haber conseguido el campeonato de liga ingles el año anterior, y que posteriormente fue vapuleado en la Supercopa de Europa (partido único en el que se enfrentan el campeón de Liga de Campeones y el ganador de la Liga Europea) por el Atlético de Madrid. ¿Debería enumerar la cantidad de incongruencias que representa la disputa de este titulo, y por extensión, la de cualquier Supercopa nacional entre campeón de Liga y de Copa?

Con todo, el eslogan de la UEFA es WE CARE ABOUT FOOTBALL. Y es curioso, porque en su traducción, el verbo ingles care tiene varias acepciones, dos de las cuales se refieren a dos conceptos sutilmente diferentes: a la UEFA le importa el fútbol mucho más de lo que trata de cuidarlo. Normal, es su gallina de los huevos de oro.





[1] Creada en 1903 a raíz del éxito un año antes de la llamada Copa de la Coronación, siendo el torneo de fútbol más antiguo de España. Su denominación histórica y genérica es la de Campeonato de España, y como se puede inferir, en ausencia de una liga como hoy la conocemos era la única competición de fútbol existente en nuestro país.

[2] La maravillosa y única excepción que confirma la regla se vivió en la final de la temporada 1979/ 1980, que enfrentó al Real Madrid con el Castilla, su filial (para que luego hablen por ahí de cantera). En el año 1991 la RFEF llevó a efecto un cambio en sus estatutos que afectó directamente a los equipos B o filiales. Desde ese momento se impidió su participación en la Copa del Rey (circunstancia aún vigente en la actualidad).

[3] Aunque, como en su vertiente nacional y original, me sigue pareciendo una regularidad calculada (a menor escala si acaso) y que especula con el resultado de los partidos de la ida y la vuelta, lo cual puede aplicarse también a la actual Liga de Campeones y Liga Europea.

[4] Si bien este último debe superar una fase previa eliminatoria contra un rival de condición similar. El número de campeones varía de 4 a 3 e incluso de 2 a 1 dependiendo del coeficiente UEFA otorgado a cada una de las ligas nacionales representadas (no merece la pena explicar un coeficiente basado en un criterio arbitrario y observado por la UEFA en exclusiva).

[5] Cambio impulsado por un antiguo presidente de la UEFA en los setenta, Artemio Franchi, para, utilizando sus propias palabras, modernizar la competición. Intuyo que fue al grito de ¡Enséñame la pasta!

jueves, 5 de diciembre de 2013

PRETTY WOMAN. Ironía e Hipocresía en la interpretación de una ficción cinematográfica y el problema de la prostitución en España

Primera parte: Ironía.

Tras ver Pretty Woman y descubrir la última campaña del Ayuntamiento de Madrid que responsabiliza y culpa al cliente de la existencia de la prostitución (entendida también y sin diferenciación como trata de blancas), criminalizando de soslayo a  todo el genero masculino por su mera existencia (a ver, la de la prostitución, pero también la de su propio genero), y cuya tesis goza del beneplácito implícito y explicito de todas la mujeres de bien de este país (y cuando digo de bien me refiero a todas las que se consideren como tales), aún me pregunto cómo un sábado por la tarde millones de ellas se arrellanan en el sofá con la mantita sobre las rodillas  para disfrutar ese irónico cuento de princesitas en el que el personaje que interpreta Richard Gere (Richard Gere de ahora en adelante) sale al encuentro del personaje interpretado por Julia Roberts (Julia Roberts de ahora en adelante), que, vaya por dios, es una prostituta. Y como cuento de princesitas moderno no tiene desperdicio el hecho fundacional de que la protagonista sea una prostituta. Lo digo porque desde ese punto de vista podríamos empezar a hacer sangre desde ya, pero vamos a pasar por alto el dato en honor a las mismas mujeres de bien anteriormente mencionadas y a quienes no pretendemos ofender. Lo más fascinante de Pretty Woman no es ver a Julia Roberts en su papel (no hay quien se lo crea, vamos), sino comprobar cómo Richard Gere vive la experiencia de la prostitución desde la parte contratante con idénticos resultados a cuando interpretó a la parte contratada. Me explico: unos años antes, Richard protagonizó American Gigoló, película en la cual daba vida a un hombre que vende sus favores sexuales a mujeres a cambio de dinero, claro está. Y, como decía, al final de la película el resultado es el mismo que en Pretty Woman: ambas mujeres caen rendidas ante sus encantos (seguramente nos encontramos ante la génesis de aquel chiste que asegura que las mujeres ven las pelis porno hasta el final para ver si los protagonistas se casan o no). Por tanto, no creo que fuera demasiado descabellado señalar a Richard Gere como el paradigma de la seducción masiva, aunque ello implique la rendición incondicional de la mujer en situaciones no menos escabrosas una de la otra. Recapitulando: ¿Cómo ha logrado entonces nuestro actor/ gigoló/ putero (o su personaje, para ser mas exactos) salir airoso en ambos casos y merecer el beneplácito sentimental de millones de espectadoras? La argucia es terrible y penosa al mismo tiempo: las mujeres que se deleitan con el chulazo de Gere y la pobrecilla de turno (teniendo siempre presente que como representantes de la parte contratante o contratada las dos despiertan el mismo grado de empatía entre sus congéneres) saben que se trata (tanto en el caso de Pretty Woman como el de American Gigoló) de una película… pero sus emociones son reales. Cualquiera podría por tanto creer que, efectivamente, la vida imita el arte… Pero, y sintiéndolo mucho, eso nunca ha sido y jamás será así. La vida no imita al arte por una razón: porque el arte desdibuja el sentido de la vida, y la Realidad siempre supera a la Ficción, y no tiene sentido negarte a cuestionarla o darle el mismo valor y/ o sentido de la misma forma que lo harías viendo una película. Porque de no ser así, no existirían Ficción ni Realidad, sólo una mentira que tú haces que pase por la verdad. Lo cual nos lleva a plantearnos la eterna pregunta de qué es verdad y qué es mentira. Aunque en este caso no importa lo más mínimo, ya que los hechos están ahí y hablan por si mismos. Es la vida la que crea el arte y no al revés. Aunque no es de extrañar que muchas mujeres de bien se tomen la vida como una película, o que muchas de ellas basen sus opiniones en lo que una serie de televisión les sugiere (por poner un ejemplo, la firma de Carmen Chaparro para la revista GQ delata a una mujer atrapada en un mundo que no existe: el de sexo en Nueva York). De tal manera, estas mujeres intentan aplicar las emociones como un sistema nuevo y lógico que desarrolla una trama que guiará su vida… O por lo menos aquellas opiniones que ni siquiera se molesten en contrastar (y me refiero a esa especie de irrefutables dogmas de género con los que se ha de comulgar, sobre todo en público, y que hacen de la unión la fuerza). Es decir: las mujeres de bien creen que las emociones desencadenan la lógica. De lo contrario Richard Gere sería un putero, y Julia Roberts solo una prostituta, ya sea ejerciendo en la calle o en un piso. O en un lupanar, que a simple vista es igual que cualquier otro local. La única peculiaridad reseñable en este tipo de locales es que te abordan mujeres por un interés declarado de antemano. De hecho esos sitios son una parodia de cualquier otro local. Allí cualquier hombre tiene el poder de rechazar a la mujer que se le acerque. Es una ironía pero no una hipocresía. Todo está calculado para que puedas predecir qué sucederá a continuación, lo cual hace que la Realidad parezca Ficción (aunque quizás sea de esta manera porque en los lupanares las mujeres se comportan de manera racional y no emocional). Admitamos entonces que existe cierta creación condensada en el aire, que se respira la misma mentira que en la película, o sea, arte. Julia Roberts podría estar trabajando dentro y cualquiera de los presentes podría ser Richard Gere. Esto resulta tan evidente y tan revelador que jamás esperaría que fuese tomado en cuenta por ninguna mujer de bien. El arte es claramente inútil, pero consubstancial a su vida de una manea que jamás querrán comprender e incluso seguramente no comprenden en absoluto las mujeres de bien que lo flipan con el Richard. Pero ya que el arte permite que concibas tener sentimientos que no tienes (ni por asomo), soy muy consciente de que la inquisición pública rebatiría esta teoría esgrimiendo que lo que se extrapola en Pretty Woman son, precisamente, sentimientos encontrados. Esa misma piedra de toque es la parte central y la más débil de su argumentación. En detrimento de las emociones, la vida se basa en acontecimientos. Si en Pretty Woman Julia Roberts no fuera una prostituta, la historia no tendría sentido. Ni la historia ni el choque emocional entre dos mundos que define un acontecimiento como aquel encuentro. Quizás tu vida, como la de la mayoría de los millones de personas de este mundo, no necesite tener sentido en el aspecto más literal del termino. Pero las películas si. Y es encuadrado en ese contexto[*] donde las emociones se desarrollan y retroalimentan a su vez dicho marco. Son dos entes indisociables y que otorgan a la película su razón de ser. El hecho de que en la vida real hayas optado por obviar deliberadamente una de las incógnitas de la ecuación jamás te ayudará a contemplar la vida más que desde la propia mentira (y los prejuicios) que prefieres creer.  Además, al eliminar el contexto eliminas de paso cualquier tipo de pensamiento que precede a la emoción con la que eliges lidiar, lo cual te incapacita intelectualmente para criticar cualquier situación derivada de ese pensamiento. Es decir: ¿quién coño se cree que es una mujer de bien para criticar a nadie que se prostituya o pague los servicios de una prostituta si Pretty Woman sólo le parece una película de amor? Como decía, la Ficción ha de tener algún sentido. Pero esta Ficción no crea un libre albedrío en la Realidad, no la influye a priori. Porque de ser así simplemente nos estarían lavando el cerebro. La Ficción no puede influir en la Realidad para que dicha Realidad creada licite la Ficción. O dicho de otro modo, no puedes pretender que irse de putas en Pretty Woman sea romántico para luego censurar lo mismo al vecino del 4º porque eso no te haga sentir de la misma manera que te sentiste viendo la película. Que la misma situación se diera en la Realidad no desdibuja el hecho de que, incluso en la Ficción, una prostituta es una prostituta y un putero un putero.
La Ficción resalta todos los silencios de la existencia. Y si en base a la Ficción se emiten juicios de valor, esto convierte a la existencia en una hipocresía.


Segunda parte: Hipocresía.

¿Cuál es la diferencia entre una prostituta y una actriz porno? ¿El arte tal vez?
Seguramente este artículo no tendría ningún sentido en Holanda o Alemania, dos sociedades que han reconocido que la prostitución no es un problema. En España el problema lo tiene la gente bienpensante y convencida de que la prostitución es un problema para el que no la consume.
En cierta ocasión reconocí a una call-girl de la tele en un local de los que podrían catalogarse como normales. Acompañaba a un vejestorio que no le prestaba demasiada atención en ese momento, lo cual aproveché para comenzar una animada conversación (en mi empeño de hacer literatura de cualquier situación posible) en la que me confesó que quería comprarse un Mercedes y tenía el dinero necesario para hacerlo, lo cual, supongo, demuestra que la dignidad de la mujer es única e indisociable y le pertenece exclusivamente a cada una de ellas (con estas mismas palabras me lo explicó en una ocasión Casey Rossfield). No creo que haya ni una sola mujer de bien en este bendito país que repare a diario en el hecho de que, si hay quien vende su cuerpo a su antojo, como Julia Roberts (ejem, ya sabéis, su personaje), eso envilece la dignidad de todas las demás mujeres que no lo hacen (curioso: pienso en Richard Gere dedicándose a lo mismo y, como mucho, me provoca cierta envidia sana). Entre otras muchas cosas porque son incapaces de admitir que cada fin de semana se tropiezan con un buen número de prostitutas en cada una de sus inexpugnables atalayas lúdicas a las que acuden a pasear el palmito. No existe eso que de forma generalizada llaman la dignidad de la mujer. Se trata de demagogia. Que no intenten colarnos la bandera única de la dignidad universal de la mujer cuando, como individuos, ya seamos Ellas o Ellos, nos importa realmente una mierda la vida de nadie que no seamos nosotros mismos. Y si no, que alguien me explique por qué cojones da tanto asco el mundo en el que vivimos. No te jode.
Efectivamente, resulta sospechosa la vehemencia con la que se defiende a quien no se conoce si el debate se plantea de manera pública. Sobre todo, y que no quepa la menor duda, si se trata del político-medio-español en perpetua campaña electoral. Y más aún cuando se excluye de dicho debate a las propias interesadas (un buen apunte tomado de la conferencia de Casey Rossfield Follar. Un verbo en desuso). Debe ser que la dignidad de la mujer de bien no admite la paridad con las demás. ¡Bravo! Así es como avanza viento en popa el neo-machismo recalcitrante de la abuela, enquistado bajo las faldas de su hija y de su nieta, todas mujeres de bien. Por supuesto. Escuchad, mujeres de bien: las prostitutas no necesitan vuestra dignidad, merecen RESPETO. Aunque tan sólo fuera porque los lupanares están abarrotados de hombres casados y cada una de vosotras sabrá cuáles son los motivos en cada caso (vamos, digo yo). Y he aquí el quid de la cuestión: lo que la mujer de bien detesta de las prostitutas es su actividad profesional (y estoy sugiriendo tanto el infinitivo como el gerundio del verbo al… uso). Destetan que sus novios, sus hijos, amigos, conocidos, tú mismo, utilicen el servicio de compañía de estas señoritas (nunca lo entenderé, pero si eres Sabina te excluyen de la lista). Incluso detestan a la fresca de su amiga si se marcha a la cama con alguien que ha conocido esa misma noche. Estoy convencido de que todas las mujeres de bien que velan para que la prostitución no se reconozca, lo que a su vez desean es que la prostitución desaparezca. Más allá de negar sus derechos y obligaciones a las prostitutas, no soportan la competencia que representa, pues contemplan el sexo de una sola manera: han de sentirse enamoradas por la otra persona para follar… ¡Ay, ay, ay! ¡Contemplad la secreta ironía y el verdadero conflicto que en la vida real supone para toda mujer de bien Pretty Woman!
El problema con la prostitución es que no hay problema alguno. La prostitución no indigna a quien puede sino a quien quiere. La prostitución es una cuestión moral y no legal. Es una ocupación no reconocida ni regulada (una economía sumergida de billones de euros), pero no penada, pues el régimen de autónomos permitiría a Julia Roberts englobar su actividad en el conjunto de las ocupaciones liberales. Evidentemente, no declarar a hacienda con un consentimiento tácito y respaldado por un puritanismo institucional y, todavía peor, social, constituye una hipocresía flagrante (y un agravio comparativo para con los demás contribuyentes) al permitir un vacío legal que justifique un pudor ridículo y secular. Pero lo peor no es eso. Si la prostitución no represente problema alguno, la trata de blancas sí, absolutamente despreciable y que tiene que ser perseguida y castigada con todo el peso y los recursos al alcance de la ley. No explicar la diferencia entre ambas de manera clara y concisa no atiende más que a una actitud ventajista a la hora de obtener el voto de la mayoría bienpensante. Y esto constituye otra hipocresía, y una clase de vileza insultante y demasiado extendida por desgracia y desde hace tiempo en un país donde las cabezas pensantes se empecinan en solucionar cualquier problema apelando a las consecuencias sin atender a su raíz. Hoy día pretenden penar al cliente de la prostitución y hacerlo así partícipe moral de la existencia de la trata de blancas. Y yo me pregunto: ¿por qué la lucha contra el contrabando de tabaco o el tráfico ilegal de estupefacientes no incluye penas para quien lo consume? … A no ser que un porcentaje de la subida del precio de la cajetilla de cigarrillos responda a esta cuestión, lo cual resultaría un paralelismo patético. Aunque congruente al fin y al cabo.





[*] El contexto lo es todo en la vida. La misma mujer que no tendría reparos en hacer top-less en una playa abarrotada, no le enseñaría las tetas a nadie en un bar. La misma que caminaría despreocupada en bikini por la orilla de la playa, no pasearía en sujetador y en bragas por la calle.

sábado, 23 de noviembre de 2013

ENCICLOPEDIAS ANÓNIMAS

Dejas de escribir porque te quedas mudo. Dejas de escribir al sufrir un esguince mental. Dejas de escribir y dejas de lamerte tus heridas. Dejas de escribir para ver si eso te da alguna respuesta. Dejas de escribir y mientes un poco menos. Pero eso no ayuda, porque a la gente la verdad le resulta algo impertinente. Dejas de escribir, y a quién le importa. Sigues viviendo y escribiendo enciclopedias. Los mejores libros son los que se imaginan, los que se pierden sin ser publicados y sólo los entendiste tú, sabedor de que, sin haber escrito una sola línea, lo dijiste todo aquella tarde camino de la parada de metro. Y escribes y no aprendes nada, o poco, y lo peor, pretendes dar una lección al que lee.Quizás sea escribiendo como te conviertes en maestro y alumno al mismo tiempo. Dejas de escribir, y cuando tienes algo que decir, lo escribes. Por supuesto.

viernes, 22 de noviembre de 2013

¿QUIÉN CUBRE LA BANDA IZQUIERDA?

Paul Newman decía que no era ni de izquierdas ni de derechas, y que lo que realmente le molestaba era la estupidez y la falta de honradez. Estas palabras llevan años madurando una idea dentro de mi cabeza, y es que cada día que pasa arraiga más profundamente en mí la convicción de que, si pudiera, la izquierda de este país ya habría resucitado a Franco. ¡Ay, cuan fiel alumno sería del innombrable! Así está el tema. Y así de oscuro. Lo que me sigue indignando de la izquierda de este país es, primero, que está más a la derecha que la propia derecha, y eso es mucho, porque para ello ha tenido que mentir demasiado y situarse casi en el extremo de la cuerda. En serio, dejémonos de chorradas, que la extrema izquierda no existe. No existe esa extrema izquierda que defienda el interés de las personas en lugar de los tipos de interés, ni la extrema izquierda que le haya recordado a la iglesia de una vez por todas que su reino no es de este mundo, ni existió nunca la extrema izquierda del 82, aquella que prometió dejar a España que no la iba a reconocer ni la madre que la parió. Que no, que el problema que arrastra la izquierda es el mismo que ha aquejado al Real Madrid durante años. Como no cuenta con un extremo izquierdo de garantías pone de titular a un diestro que juega a pierna cambiada. Y, segundo, que se ponga la pegatina de salva patrias, resucitando a los muertos cuando no gobierna y exhumando cadáveres cuando está en el poder (y en algo de esto estaría pensando cuando en las últimas elecciones el día de la votación se fijó para el 20 de noviembre, no te jode). ¡Me cago en la puta! ¡Qué barato sale hablar! El Real Madrid ha zanjado su problema a golpe de talonario. Lo de la izquierda lo veo más complicado: a golpe de talonario,… y subvencionada, y sindicada (que todo equipo que se precie tiene sus ultras), aceptó un chantaje que ha resultado ser ideológico en lugar de económico.

Pues bien. El sol no ha vuelto a ponerse en nuestro imperio aunque haya quien así lo imagina. Cada día, el sol sale por el este y se pone por el oeste, para sumir a la izquierda en la más absoluta oscuridad. Puesto que la izquierda siempre prometió hacer las cosas mejor que la derecha, y, coño, no bromeaba.

domingo, 17 de noviembre de 2013

IRONÍA E HIPOCRESÍA

Dicen que no encontrarás el amor de tu vida una noche de copas, y esta creencia está ampliamente extendida como una verdad absoluta o un escudo de fuerza. Quizás puedas encontrar el amor de tu vida en el trabajo (por ejemplo), porque en el trabajo ese tipo, esa chica, sólo piensan en su trabajo, nunca miran porno en su ordenador, ni hablan en los corrillos del desayuno sobre lo mucho que les gustaría follarte. No te jode ¿Para qué coño sale la gente?


DEMASIADO VIEJOS PARA EL ROCK AND ROLL

Viejos estadistas y analistas, viejos colapsando los puestos de administración de las empresas, mercaderes, usureros, rectores, y viejos profesores, viejos comentando el fútbol. Quizás no queramos darnos cuenta del problema. Cuando la experiencia se convierte en vejez, lo mejor es desaparecer por el foro –Alejandro Bolivar. Se envejece con gracia o se vuelve uno viejo -Roberto Villar, Animales con inteligencia humana. La vejez no es una razón, es un estado -@CaseyRossfield.
Viejos que no viajan con los viejos del Imserso, ésos son los peligrosos. Viejos editores, viejos novelistas y críticos viejos. Incluso Dios debe ser un anciano. Deberíamos poder decir ¡Es un mundo nuevo, viejo! Pero los cara de cartón no se dan por aludidos. Quizás ese sea el problema. Viejos con más miedo que vergüenza.
Demasiado viejos para el rock, y eso sí que es estar bien jodido. Viejos o fósiles mentales, que es lo mismo, ya tengas diecinueve u ochenta y cuatro años. Este es el problema. No te jode. La vieja guardia no descansa, se pide siempre imaginaria, pretende velar por nuestros sueños.
El mundo ya era viejo cuando aparecimos nosotros, pero no es excusa para que hagamos de nuestro planeta un sitio mejor para todos, jubilando a las momias, para que podamos decir lo mismo que Bugs Bunny: ¿Qué hay de… nuevo, viejo?



sábado, 9 de noviembre de 2013

ADELANTE, SALTA

La única vez que he robado algo fue con 17 años. Y creo que el delito ha prescrito, así que no os emocionéis. En realidad, fue un gesto de lo más revolucionario, igual que colarse en el metro en estos tiempos que corren, como intentaré explicar a continuación.
Una tarde me fui a un conocido centro comercial a comprar el por aquel entonces último trabajo de Van Halen (un disco doble en directo): Live: Right Here, Rigth Now. Me costó 3200 de las antiguas pesetas. Una pequeña fortuna que estuve ahorrando casi durante un mes, arañando copas de mi exigua paga. Bueno, ya sabéis cómo es eso de ser adolescente: necesitaba ese casette. Pero el precio me pareció tan excesivo que me tomé la libertad de considerar bastante justo llevarme sin declararlo al pasar por caja el también nuevo trabajo de Stryper (que ya tiene lo suyo el nombre refiriéndose a una banda de rock cristiano): Againts the law (pronto comprobareis que todo cuadra), el primer disco del grupo que se alejaba de la colección de salmos rockeros que había constituido su discografía hasta el momento. Además, de vuelta a casa, la propia voz de Diamond Dave me arengaba Adelante, salta, y así acabe colándome en el metro. Normal, no me quedaba dinero después del sablazo…
Para hacer que comprendiera las cosas, el mismísimo Jefe me dio una patada retórica que me iluminó: aparte del canguelo a que me pillaran (que me duró hasta llegar a casa), debido a un error en la impresión del libreto, la canción que más me gustaba del álbum de Stryper no tenía su letra impresa. Parece una tontería, pero entonces me molesto muchísimo que alguien pusiera a la venta un articulo defectuoso. Aunque no lo hubiera pagado. De todos modos ya podía darme con un canto en los dientes: no me habían pillado robando ni colándome en el metro. Pero colarte en el metro no es robar (ni mucho menos al contribuyente). Es dejar de pagar. O más específicamente, no dejarse robar a uno mismo. Cuando la subida trianual del billete y el tarifazo porcentual no conllevan una mejora del servicio ni el mantenimiento de la flota, eso es robar. Así que, para evitar el hurto al que me expongo cada vez que viajo en metro, tengo que ir contra la ley.
Supongo que al fin y al cabo no he aprendido nada. Pero me siento como Robin Hood. Aunque sólo sea un ejemplo para los que son tan pobres como yo. Pero es que la portada del disco de Van Halen mostraba al cristo del sagrado corazón en mitad de una casa en ruinas, devastada por el paso de un ciclón. Y su mensaje, a mí me lo parece, está claro: la caridad es cosa, paradójicamente, de pobres. Y la caridad empieza por uno mismo. La lucha contra el imperio del mal (disco the Rage Against The Machine) comienza con una lucha interior, contra nosotros mismos, una toma de conciencia que supone cambiar uno mismo si no puede cambiar el mundo. Y ese es el paso a seguir para dar el próximo: cambiar el mundo. La revolución comienza negándonos a pagar. No hace falta destruir nada. Supongo que todo me daba la razón para mangar aquel disco. Dios quiere tener cerca a los santos, y más cerca a los pecadores.
Aun sigo esperando en vano el próximo disco de Stryper (siempre me gustó el sonido de su batería). Pero, si os preguntáis que fue antes, si el huevo o la gallina, os responderé que ninguno de los dos. Fueron Van Halen, el propósito inicial de mi visita al centro comercial. Así que supongo que sigo haciendo las cosas bien.

Sin embargo, dado que el rock es la música del diablo, ¿no podría toda esta historia estar auspiciada por un engaño de Lucifer (el hijo de la luz)? Quizás. Pero eso no resta valor a que, seguramente, haya coincidido o se haya adelantado al plan divino. ¿Quien dice pues que hacer algo impropio no es a veces lo justo?

viernes, 8 de febrero de 2013

EL RUIDO LA FURIA Y LA MIERDA


No me interesa el lujo. No me importa el dinero: nunca he tenido suficiente y nunca tendría bastante para pagar mis vicios. No le des más vueltas; siempre he estado del lado de Robin Hood, sé que cualquier prostituta es más sincera que la hija a la que das de comer. A ti, te falta vergüenza, y a mí, me sobra talento para entender que no hay nada que demostrar, que por encima de tu hombro sólo está tu espalda. Tu sitio no es este. Te juzgo en silencio con mis manos calladas y escribiendo sin alzar la voz a los ojos que continúan leyendo. No das el perfil. En el Templo queremos gente que de la cara... Y que haya arrojado a los poetas de opereta por el barranco de su pena cantada y que no crea más en las palabras editadas y en los editoriales y pancartas y en calaveras de carnaval y cervezas de lata.
No entendéis nada de lo que os digo, así que escuchad bien: soy el anticristo que te casó soy el cáncer deformado de tu hijo soy la noche que se echa encima yo soy si tú eres quien sigues siendo tu sombra callada y paciente que desaparece yo, surco de tus arrugas con mirada profunda y cansada soy un accidente de la historia que no entiende el tiempo porque el fin siempre espera y sé que puedes olerme a kilómetros de distancia y me voy a poner bien guapo para el funeral de tus padres, total, ¿quién dice que en un velatorio no puede uno echar un buen truño de punta en blanco?
Anda y que os den... las buenas noches, benditos, y malditos.

martes, 5 de febrero de 2013

ORGULLO Y PREJUICIO

Cuando los Transformers lloren, sabrás que la verdad es un sentimiento razonado. Será un trozo de metal ensamblado el que te demuestre que la verdad es tan emotiva como los argumentos que la acompañan. Sabrás por tanto que la sencillez de la verdad se reduce a la inocencia con la que se juzgan los hechos. La verdad es tan cruda como un barril de petróleo sin manufactura.
Cuando los Transformers lloren y sus lágrimas de aceite enturbien sus parabrisas, nada será tan cierto como la mecánica de sus sentimientos, y todo te parecerá mas vivo, incluso la tapicería de cuero de sus asientos.
Cuando los Transformers lloren, los versos se medirán con una métrica en centímetros cúbicos, y se acabarán los malentendidos, los reproches, los dimes y diretes. Cuando los transformes lloren, a lo mejor crees algo de lo que te digo, y quizás puedas hacer algo mejor con este mundo.
Esperaré entonces a que los Transformes lloren de verdad y se conviertan en animales con inteligencia humana.

martes, 22 de enero de 2013

AL OESTE DEL EDÉN

Lo bueno de no estar limitado por una opción política es que tu opción política no puede limitarte. Tal obviedad no lo es tanto cuando…, claro, aparentemente, tu inteligencia se encuentra cuestionada por tus propias contradicciones. Pudiera parecer que el hecho de pagar impuestos no es una opción política tan valida como el hecho de acudir puntualmente a los comicios convocados, si es que queremos hacer del pariré de depositar una papeleta la excusa de la política. Pero se me antoja que, como prisioneros políticos del erario público, nos asiste todo el derecho y la razón del mundo para criticar el sistema y a quienes lo administran a diestra y siniestra aunque no hayamos votado. Así pues, desde la clarividencia de una posición neutral, como decía, es incluso más ético repartir estopa al este y al oeste, al centro, al norte y al sur, y no dejar títere con cabeza. Entendedme: puedes expresar una opinión que no vincule tu persona con un lado u otro ni por acción u omisión o por defecto. Lo cual resulta, por lo menos, bastante mas lógico (si es que aspiras a ser congruente con tus propias decisiones) y honesto que echarte a la calle a indignarte y maniFIESTArte sobre todo cuando fue tu voto de castigo (o, específicamente, tu no-voto) el que aupó a tu rival ideológico al poder. Y me explico: ¿qué hacia el otro día tanta gente vociferando frente a la sede del pp en la calle Génova? O mejor dicho: la gente que se junto allí, ¿pensaban en sus impuestos o en la opción política que defendieron en las pasadas elecciones? Me hago estas preguntas porque visto el último resultado dado en las urnas, la hipocresía del votante de izquierdas de este país es tan flagrante como rayana en el absurdo. Todos sabemos que la derecha siempre vota, y que es el voto a la izquierda o su ausencia el que decanta el resultado de las elecciones. Así pues, supongo que, con una mayoría absoluta de por medio, entre el ingente gentío que se apiñaba en Génova destacarían en superioridad numérica los mismos que por omisión pusieron en el poder a aquellos a quienes gritaban… ¿Y se toman la molestia de protestar ante la sede de Génova cuando ni siquiera los votaron, cuando no hicieron lo mismo en Ferraz durante el tiempo en que gobernaron aquellos a quienes sí votaron? Me parece de una limpieza de manos (y no de conciencia como los miles de post que circulan por al red) digna de Pilatos. En este país la puta derecha nunca ha cambiado un ápice. Pero la puta izquierda…, joder, la puta izquierda tampoco. ¿Necesita reorganizarse, reinterpretarse, algo más de la autocrítica de la que jamás hará gala la derecha y dejar por tanto de imitar vicios ajenos? Supongo que esta es una de esas raras ocasiones (pero que en la actualidad, paradójicamente, son bastante habituales) en las que la unión no hace la fuerza sino que sólo nos muestra la magnitud de un problema. Debe ser que tu opción política es la que te enseña quien puede robarte y quien no y a quien has de levantarle la voz por ello. Efectivamente, España es completamente diferente al resto del mundo. Al señor Lance Armstrong le han pillado de esteroides hasta el culo y no han tardado ni dos centésimas de segundo en trasladar sus libros de la sección de deportes a la de ficción. En España, los libros de filosofía deberían trasladarlos a la sección de política. Porque nunca se ha defendido una verdad de que no sea parcial ni se ha buscado la razón como algo único. Lo cual nos habla de cómo vive y practica la política el votante de a pie: por un lado, con un espíritu de revancha atávico, y patético. Eterno. Por otro lado, sin importar lo que venga por delante ni lo que dejaron por detrás. Ambas vías, completamente irresponsables. Y en medio… En medio se debe hacer la luz. De otra manera seguiremos teniendo los políticos que, si bien no merecemos, sí nos hemos buscado.