martes, 14 de septiembre de 2010

MEMORIA DEL TEMPLO


El camino hacia el Templo se pierde en el corazón de la cordillera de Lepethomei. No hay huellas que indiquen los pasos que conducen a sus puertas, ni señales para reconocer el terreno, que cambia con las estaciones y los brotes de las flores del mal para despistar a quien no debe divisar nunca sus muros. Es un viaje al fin de la noche en estos tiempos donde reina el silencio.
El Templo está guardado por la montaña, donde sólo se deja hablar al viento, y por el precipicio donde las palabras se derraman sobre el mundo. Dentro no rigen leyes. Existe un tú y un yo y un nosotros, el ruido y la furia y una decena de tus zapatos de tacón que no serían posibles sin ti y sin mí.
No hay ningún criterio de selección para ingresar en el Templo. Hay que estar preparado.
Debes conocer la violencia y entenderla.
Debes reír, y saber llorar sin hacer ostentación del sufrimiento.
En el Templo se enseña que cada palabra escrita debe pesar con el acierto de la libertad.
Aquí aprenderás la gramática de la justicia. Aprenderás que lo que no tiene sentido no necesita explicación.
No se oyen plegarias, ni salmodias, pues sólo la búsqueda del propio perdón te conducirá al descubrimiento de la verdad.
Y sólo la verdad te abrirá las puertas del Templo.
Te cruzarás entonces con un hombre con una magnolia en el ojal de su chaqueta...que tendrá otra para ti.

lunes, 13 de septiembre de 2010

LA VUELTA AL COLE

El Corte Inglés debe estar repleto de aquellos sabioncillos que pasaban sus vacaciones entre chapuzones y media hora de vacaciones santillana antes de la siesta, y que llegaban a clase en septiembre haciendo quebrados como si llevaran toda la vida dedicándose a ello. ¡La madre que los parió! Tan aplicados eran que la vuelta al cole ya es una tortura programada con un mes de antelación en sus campañas publicitarias, como lo es la primavera para las niñas que querían ser mayores, y la navidad para aquellos mocosos que se empeñaban en montar el árbol y el nacimiento a mes vista para depresión generalizada del resto de la familia, y que había que desmontar después de las fiestas aprovechando el horario escolar para que no protestaran.
La vuelta al cole está ilustrada con la cara de esos angelitos uniformados y futuribles de alguna serie de televisión, que aprovechan para declamar ante las cámaras la lección que tan bien les han enseñado unos padres cansados de sus hijos sobre lo encantados que están de volver a clase y lo mucho que les gusta aprender... ¿Nos hemos vuelto locos o es que los niños de hoy se han convertido en los propios administradores del campo de concentración, en los arquitectos del Muro? Menudo berrinche me cogí el primer día de clase. Recuerdo que la vuelta al cole no me hacía ni puta gracia. Por lo menos no tenía a mi padre dándome la espalda para soltar cuatro gilipolleces y rellenar así tres minutos de informativo.
Aprender no es guay con siete años porque, para empezar, ni siquiera tienes gusto para elegir la ropa que llevas puesta. La vuelta al cole es lo peor que le puede pasar a un niño que quiera seguir siéndolo, y está el mundo como para no intentarlo. Los niños de verdad aprenden por inercia y no porque se lo propongan. Porque es lo único que saben hacer cuando no están con los click o la barbie o pegando a su hermano o hermana. Y ya es suficiente. Y sobre todo porque no les queda más remedio que ir pasando de curso cuando viven en la república independiente de mamá y papá (que como todo el mundo sabe es la primera de las dictaduras). Dos que si hubieran podido habrían vivido de sus padres hasta poder hacerlo de sus hijos.

TODOS LOS GATOS PARDOS DE LA CAPITAL

Los madrileños siempre fuimos seres nocturnos. Gatos. De esta manera comenzaron a llamarnos los franceses cuando al abrigo de la noche nos movíamos por los tejados de la villa en nuestra lucha contra el invasor. Eramos animales nocturnos de distinto pelaje e inteligencia humana y nuestra noche se convirtió en la mejor embajadora de la ciudad, nuestro bien más preciado. Pero eso fue antes de su embargo, convencidos quienes nos gobiernan de que algo tan significativo no podía pasar sin ser una parte vinculante de la imagen de su gobierno. Así, hoy en día, al caer el sol, todos los gatos son pardos en la capital, y los que nunca salen porque hace demasiado frío, o demasiado calor, porque llueve o luce el sol, se echan a la calle con una inusitada avidez programada el día del orgullo gay, para contemplar las luces que decoran las calles en navidad (que por cierto, también es un asunto bastante gay, por aquello que todo el mundo sabe que no hay nada más gay que un árbol de navidad), y, como no, la noche en blanco, la última estupidez del imaginario que rige la capital, entretenimiento ilustrado, como variante lúdica de la forma de gobierno que ya desarrollara en el reino el primer alcalde de la capital, Carlos III.
Y se echan a la calle todos los gatos pardos que han confundido un rebaño de borregos con una fiesta, todos los viejos gatos que disfrutan del distraído y fatuo placer de caminar por el centro de la gran vía y que regresan a casa cansados y con la indolente mirada de quien pasea por los barracones de la misma feria que llega al pueblo todos los veranos; todos los que, un tanto confundidos, asimilan vagamente que no hace más interesante compartir algo que no entienden con las miles de personas a las que tampoco les gusta lo que están viendo; y, como no, todos los gatos que deciden no ir a los mismos sitios que no pisarían a la luz del día.
No hace mucho tiempo fuimos la realeza de estas calles, bebíamos en cualquier esquina, cantábamos en los callejones que jamás volverán a ser palcos privados, iluminados como están para que seamos testigos del esperpento. Antes siempre nos quedaba la noche del día siguiente y ahora no sabemos a donde ir. Nos hemos convertido en gatos domésticos, desorientados fuera de nuestro entorno familiar, en danza toda la noche sin ton ni son, soñando que todavía tenemos algo que decir de nuestra ciudad. Y el sueño de la razón, que no es más que el efecto disuasorio de las urnas, ha acabado por engendrar, como prometía, los monstruos que hoy nos gobiernan y ya adelantó Goya en sus caprichos. Una clase que ha tomado conciencia de sí misma y que por ello mismo no se ve reflejada en aquellos a quienes tiene que servir. Una  clase que pretende que sigamos enamorados de una ciudad como de un folleto turístico para japoneses, con un horario y una programación precisa y por cumplir.
Como gatos, los madrileños hemos dejado de andar por los tejados para husmear ente las bolsas de basura, a la intemperie, antes de volver a casa y creernos a salvo.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

LIKE A ROLLING SPANISH FUCKING STONE

Es fácil entender como la crítica especializada (jamás una palabra estuvo tan mal empleada para definir una ocupación) en España ha tratado siempre a MUSE como un caso aparte de la escena musical mundial, como una pequeña anomalía o enfermedad que hubiera que reconocer o padecer para no incurrir en el más espantoso de los ridículos negando la evidencia de que, hoy por hoy, la banda originaria de Teignmouth son el mayor grupo de rock que hay en el planeta. Y no lo son por existir por sí mismos y no vivir de las rentas, ni por ser dueños de una discográfica apabullante en casi menos de una década, ni por demostrar que son tan capaces como cualquiera de llenar estadios; lo son precisamente por conjugar esas tres características bajo el signo de la congruencia, desarrollando una carrera sin parangón que primero les ha dotado de un sonido propio e inigualable cualesquiera que sean los territorios sonoros que se propongan explorar para mayor relevancia de su propia identidad, y demostrando en directo (la liga en la que se demuestra quienes son los mejores) toda la intensidad de una propuesta enlatada por la industria pero rebasada y aumentada en vivo sin ningún lugar a dudas.
En este país no se entiende como un grupo de rock puede lidiar con la opera de manera tan natural, pero la reseña y el eco internacional es tan grande que hay mencionar de pasada sus conciertos, entre otras cosas porque no se puede esconder a tanto fan. Y en España esto no se entiende porque la prensa musical no sabe qué es la congruencia en sí misma. España es un país que odia el rock. Quien quiera ver cual es el estado del supuesto rock nacional no tienen más que tragarse los conciertos de Radio3: indie pop intelectualizado de feria: cero actitud para empezar y experimentos sónicos de un gafa pasta de pedo trasnochado en el mejor de los casos; pijos o modernikis que no saben sacar a su guitarra más de tres acordes seguidos; punk de guardería para la banda sonora del penúltimo descalabro en forma de serie de televisión; blues ecléctico sin pena ni gloria (cuando resulta que atesoramos la fuerza y hondura del flamenco); o mi preferido, el nuevo country minimalista folklórico en el que se ha convertido el cantautor de toda la vida por el mero hecho de cantar (o intentarlo) en inglés. Todos ellos con magníficas reseñas en uno medios que despiden un tufillo propagandístico considerable. Más aún si cabe, cuando al amparo del motor turístico que inocula el virus cluber y los festivales veraniegos resultan magnas obras de indudable respeto cualquier mierda electrónica que se publique; y sobre todo, ondeando sin pudor y conveniencia la bandera de la autenticidad y la honradez anti-mainstream de la mano de un género como el rap, absolutamente intrascendente en su versión española, como vía para que editoriales bien pagadas por sus anunciantes pontifiquen sin escrúpulos la llamada cultura urbana. Las mismas que miman y adoran el batiburrillo ridículo del flamenco fusión... En serio, cuando oigáis  la palabra fusión para definir un género musical, echaros a temblar.
En este país el rock se ha desnaturalizado para acoplarse al gusto del adolescente que baila High Way To Hell al final de las sesiones de pacha. Su degradación es el momento elegido para comercializar una propuesta más que depurada: el canto del loco, pereza, maná, héroes del silencio, etc. Su nula repercusión ha generado el formulismo por el cual cuando se pregunta a cualquiera por la calle qué clase de música le gusta la respuesta siempre es la misma, un entusiasta "¡escucho de todo!" El inmovilismo dogmático favorece el Status Quo y el sectarismo de, digamoslo sinceramente, la intrascendente pero no por ello menos bochornosa prensa musical española, que haciendo gala de su incongruencia lleva años empeñada  en que los beatles compitan con Led Zeppelin o Rolling Stones como mejor banda de rock de la historia para no tener que aceptar en otro caso que tras los de Liverpool, todo el pop del mundo mundial no vale una puta mierda. Y no es de extrañar una actitud tan... extrema en aquellos que pretenden ganarse la vida escribiendo honestamente sobre música y siguen flipando con pet shop boys, george michael, u2, coldplay, etc.
Así que, cuando todo es cuestión de congruencia, sólo me cabe el placer de remarcar las palabras de Jack Black en la película Escuela de Rock: "El rock es cagarse en ellos". Sin animadversión, ni cuentas pendientes que saldar... Mientras no tienes otra cosa mejor que hacer sentado en la taza del water...con una revista en la mano.