domingo, 17 de octubre de 2010

PELEANDO A LA CONTRA II

El símbolo más aberrante de nuestra civilización es la espectacularidad de la pobreza. La promesa del progreso ha conseguido hacer indiferentes, o por otra parte totalmente complementarias, la pobreza espiritual y la pobreza material.
La espectacularidad de la pobreza espiritual, esa que se razona habitualmente como necesidad imperante, como ingenio hambriento, patrulla por las calles de mi barrio conduciendo un BMW, un Audi, un Mercedes, modelos rodados por el tráfico... de estupefacientes. Voy a explicártelo como si fueras un niño de cinco años para que te quede bien claro: la droga es mala. Siempre es mala. La droga hace de un hombre fuerte un hombre débil. La droga convierte a los hombres en miserables, crea relaciones viciadas por el síndrome de abstinencia, desconfía siempre de quien no se droga, te acusará de ser un moralista y ¿quién cojones te crees tú que eres? Ni mejor ni peor, no soy un yonqui.
Por obra y gracia de la maldita droga deberían de legalizar la prostitución, para que los millones de chupapollas de este país tengan un trabajo acorde a su verdadera actividad y sus madres disfruten de una pensión digna. Deberían desmantelar todos los enchufes del país, para que estos chupapollas puedan lamer sus puntas libres si así lo desean o dedicarse a buscar trabajo de forma seria y digna. Nunca mejor dicho, la precariedad laboral es un problema de ... base.
La espectacularidad de la pobreza material tiene su causa y efecto en la malsana y mal entendida envidia de la gente humilde, que se hipoteca con un BMW, un Audi, un Mercedes, modelos de hace mas de diez años con deuda financiada a un plazo de siete con tal de lucir como un pandillero, pero sin discurso, levantandose cada día a las siete de la mañana para ir a colocar tarros de conservas en las estanterías de un supermercado. Es la extraña trampa del crédito, el anzuelo de la pobreza espectacular, el carácter tragicómico del ideal de igualdad.