viernes, 15 de octubre de 2010

GUILLOTINA: INSTRUCCIONES DE USO

Se acabó lo que se daba. Fin de la Historia. Ya lo dijo Fukuyama hace más de una década: el combate ideológico ha terminado. El liberalismo capitalista se ha impuesto y ha impulsado la tecnocracia como único baremo para determinar de aquí en adelante el progreso del ser humano. La visión del politólogo estadounidense de origen japones por poco deja en le paro al mismísimo James Bond, reconvertido en los últimos tiempos en un agente más de la lucha antiterrorista.
Como reducto ideológico, ya sean sus pinceladas de carácter político y nacionalista o político y religioso, la actividad terrorista pretende el reconocimiento de una identidad poco más que antropológica o un gobierno divino de designio fascista, pero no acabar con el orden instaurado que tan buenos beneficios le proporciona a quienes se proclaman liberadores del mismo pueblo a quien pretenden administrar. Y supongo que, últimamente, esta lección se ha llevado bastante bien a la practica en algún que otro país latinoamericano, donde la libertad prometida ha sido sustituida por un socialismo punitivo y arrendatario. Vamos, que han convertido el país en una república bananera con todas las de-la-ley. Porque el socialismo, como movimiento ilustrado, también es un negocio considerable: rebelarse vende, y tanto como cualquier otra cosa. Hasta pareciera que los Rage Againts The Machine se han vuelto a reunir...por la pasta, claro está. La pequeña y puntual rebeldía al orden establecido, la resistencia underground planetaria que se desarrolla de manera global y se deja sentir en la calle en cada una de las reuniones del g-8 o sobre el clima mundial, hace más bien que mal al sistema que pretenden combatir: insufla aliento a una oposición desvalida para hacernos creer que otro mundo es posible. ¿Pero es posible después de que en las dos últimas conferencias sobre el medio ambiente no se haya llegado a ningún acuerdo? ¿Es posible después de que el propio estafado, damnificado, el contribuyente, haya tenido que poner de su parte para el rescate financiero de quien le ha hundido la vida con la bendición sofocada de un gobierno maniatado que, supuestamente, tenía que velar por su bien? Jamás nos deberíamos haber permitido llegar a ése punto. El riesgo moral que implicaba ha sido directamente obviado. Sinceramente, parece que no nos preguntamos si el sistema es un garante de libertades, si no si este sistema va a seguir ofreciéndonos esas pequeñas libertades que nos han convertido en dóciles votantes y contribuyentes más o menos enfadados. Sobre todo porque la resistencia no ha sabido llegar al pueblo. Entre otras cosas, porque se ha organizado en torno a los medios que el mercado puede ofrecer, y eso le ha conferido un aire elitista y arrogante, que es el collar que se cuelgan al cuello sin saberlo quienes se definen como alternativos y moralmente superiores a quienes continúan sin plantearse su disposición en el engranaje. En lugar de acercarse al pueblo, se han separado de èl y lo han tachado de cómplice.
Si este no es el fin de la Historia, me preocupa aún más que nosotros seamos la primera generación que va a vivir peor que sus padres. Nuestro esfuerzo no vale la pena, no vamos a conseguir nada. Ya somos rentistas de las migajas que puedan ofrecernos nuestros padres en su lecho de muerte. Y tiene toda la pinta que la herencia para nuestros hijos vaya a ser hipotecarlos para buena parte de su vida.
Pero la Historia es también un reloj que apenas se ha adelantado demasiado desde hace un par de siglos, cuando la situación pintaba igual de mal para la mayoría de los mortales, pero el ánimo y disposición para enfrentarse al problema era bien diferente. Entonces sí que te hubieran tachado de demagogo al hablar de talante, de diálogo, de una alianza de naciones, de reforma laboral. Habrían descubierto tu intención de escurrir el bulto, salvar el culo, y tu destino hubiera sido la guillotina.
En puridad, los padres de la democracia se preguntaron cuál era el precio de la libertad y si merecía la pena asumir ése precio para lograr la igualdad. Doscientos años después, la misma calaña que desfilo frente a la cuchilla nos hizo creer que la economía era un símbolo, un totem sagrado cuyo designio divino e inmutable era incuestionable. Hoy en día aquellos franceses que tuvieron el coraje y determinación para hacerles frente no dudarían un segundo en apuntar que los valores que definen el gobierno del pueblo necesitan purgarse y renovarse de manera cíclica y para escarnio público de quienes se han cagado encima de él de manera inmisericorde.