lunes, 13 de septiembre de 2010

TODOS LOS GATOS PARDOS DE LA CAPITAL

Los madrileños siempre fuimos seres nocturnos. Gatos. De esta manera comenzaron a llamarnos los franceses cuando al abrigo de la noche nos movíamos por los tejados de la villa en nuestra lucha contra el invasor. Eramos animales nocturnos de distinto pelaje e inteligencia humana y nuestra noche se convirtió en la mejor embajadora de la ciudad, nuestro bien más preciado. Pero eso fue antes de su embargo, convencidos quienes nos gobiernan de que algo tan significativo no podía pasar sin ser una parte vinculante de la imagen de su gobierno. Así, hoy en día, al caer el sol, todos los gatos son pardos en la capital, y los que nunca salen porque hace demasiado frío, o demasiado calor, porque llueve o luce el sol, se echan a la calle con una inusitada avidez programada el día del orgullo gay, para contemplar las luces que decoran las calles en navidad (que por cierto, también es un asunto bastante gay, por aquello que todo el mundo sabe que no hay nada más gay que un árbol de navidad), y, como no, la noche en blanco, la última estupidez del imaginario que rige la capital, entretenimiento ilustrado, como variante lúdica de la forma de gobierno que ya desarrollara en el reino el primer alcalde de la capital, Carlos III.
Y se echan a la calle todos los gatos pardos que han confundido un rebaño de borregos con una fiesta, todos los viejos gatos que disfrutan del distraído y fatuo placer de caminar por el centro de la gran vía y que regresan a casa cansados y con la indolente mirada de quien pasea por los barracones de la misma feria que llega al pueblo todos los veranos; todos los que, un tanto confundidos, asimilan vagamente que no hace más interesante compartir algo que no entienden con las miles de personas a las que tampoco les gusta lo que están viendo; y, como no, todos los gatos que deciden no ir a los mismos sitios que no pisarían a la luz del día.
No hace mucho tiempo fuimos la realeza de estas calles, bebíamos en cualquier esquina, cantábamos en los callejones que jamás volverán a ser palcos privados, iluminados como están para que seamos testigos del esperpento. Antes siempre nos quedaba la noche del día siguiente y ahora no sabemos a donde ir. Nos hemos convertido en gatos domésticos, desorientados fuera de nuestro entorno familiar, en danza toda la noche sin ton ni son, soñando que todavía tenemos algo que decir de nuestra ciudad. Y el sueño de la razón, que no es más que el efecto disuasorio de las urnas, ha acabado por engendrar, como prometía, los monstruos que hoy nos gobiernan y ya adelantó Goya en sus caprichos. Una clase que ha tomado conciencia de sí misma y que por ello mismo no se ve reflejada en aquellos a quienes tiene que servir. Una  clase que pretende que sigamos enamorados de una ciudad como de un folleto turístico para japoneses, con un horario y una programación precisa y por cumplir.
Como gatos, los madrileños hemos dejado de andar por los tejados para husmear ente las bolsas de basura, a la intemperie, antes de volver a casa y creernos a salvo.