martes, 14 de septiembre de 2010

MEMORIA DEL TEMPLO


El camino hacia el Templo se pierde en el corazón de la cordillera de Lepethomei. No hay huellas que indiquen los pasos que conducen a sus puertas, ni señales para reconocer el terreno, que cambia con las estaciones y los brotes de las flores del mal para despistar a quien no debe divisar nunca sus muros. Es un viaje al fin de la noche en estos tiempos donde reina el silencio.
El Templo está guardado por la montaña, donde sólo se deja hablar al viento, y por el precipicio donde las palabras se derraman sobre el mundo. Dentro no rigen leyes. Existe un tú y un yo y un nosotros, el ruido y la furia y una decena de tus zapatos de tacón que no serían posibles sin ti y sin mí.
No hay ningún criterio de selección para ingresar en el Templo. Hay que estar preparado.
Debes conocer la violencia y entenderla.
Debes reír, y saber llorar sin hacer ostentación del sufrimiento.
En el Templo se enseña que cada palabra escrita debe pesar con el acierto de la libertad.
Aquí aprenderás la gramática de la justicia. Aprenderás que lo que no tiene sentido no necesita explicación.
No se oyen plegarias, ni salmodias, pues sólo la búsqueda del propio perdón te conducirá al descubrimiento de la verdad.
Y sólo la verdad te abrirá las puertas del Templo.
Te cruzarás entonces con un hombre con una magnolia en el ojal de su chaqueta...que tendrá otra para ti.