miércoles, 8 de septiembre de 2010

LIKE A ROLLING SPANISH FUCKING STONE

Es fácil entender como la crítica especializada (jamás una palabra estuvo tan mal empleada para definir una ocupación) en España ha tratado siempre a MUSE como un caso aparte de la escena musical mundial, como una pequeña anomalía o enfermedad que hubiera que reconocer o padecer para no incurrir en el más espantoso de los ridículos negando la evidencia de que, hoy por hoy, la banda originaria de Teignmouth son el mayor grupo de rock que hay en el planeta. Y no lo son por existir por sí mismos y no vivir de las rentas, ni por ser dueños de una discográfica apabullante en casi menos de una década, ni por demostrar que son tan capaces como cualquiera de llenar estadios; lo son precisamente por conjugar esas tres características bajo el signo de la congruencia, desarrollando una carrera sin parangón que primero les ha dotado de un sonido propio e inigualable cualesquiera que sean los territorios sonoros que se propongan explorar para mayor relevancia de su propia identidad, y demostrando en directo (la liga en la que se demuestra quienes son los mejores) toda la intensidad de una propuesta enlatada por la industria pero rebasada y aumentada en vivo sin ningún lugar a dudas.
En este país no se entiende como un grupo de rock puede lidiar con la opera de manera tan natural, pero la reseña y el eco internacional es tan grande que hay mencionar de pasada sus conciertos, entre otras cosas porque no se puede esconder a tanto fan. Y en España esto no se entiende porque la prensa musical no sabe qué es la congruencia en sí misma. España es un país que odia el rock. Quien quiera ver cual es el estado del supuesto rock nacional no tienen más que tragarse los conciertos de Radio3: indie pop intelectualizado de feria: cero actitud para empezar y experimentos sónicos de un gafa pasta de pedo trasnochado en el mejor de los casos; pijos o modernikis que no saben sacar a su guitarra más de tres acordes seguidos; punk de guardería para la banda sonora del penúltimo descalabro en forma de serie de televisión; blues ecléctico sin pena ni gloria (cuando resulta que atesoramos la fuerza y hondura del flamenco); o mi preferido, el nuevo country minimalista folklórico en el que se ha convertido el cantautor de toda la vida por el mero hecho de cantar (o intentarlo) en inglés. Todos ellos con magníficas reseñas en uno medios que despiden un tufillo propagandístico considerable. Más aún si cabe, cuando al amparo del motor turístico que inocula el virus cluber y los festivales veraniegos resultan magnas obras de indudable respeto cualquier mierda electrónica que se publique; y sobre todo, ondeando sin pudor y conveniencia la bandera de la autenticidad y la honradez anti-mainstream de la mano de un género como el rap, absolutamente intrascendente en su versión española, como vía para que editoriales bien pagadas por sus anunciantes pontifiquen sin escrúpulos la llamada cultura urbana. Las mismas que miman y adoran el batiburrillo ridículo del flamenco fusión... En serio, cuando oigáis  la palabra fusión para definir un género musical, echaros a temblar.
En este país el rock se ha desnaturalizado para acoplarse al gusto del adolescente que baila High Way To Hell al final de las sesiones de pacha. Su degradación es el momento elegido para comercializar una propuesta más que depurada: el canto del loco, pereza, maná, héroes del silencio, etc. Su nula repercusión ha generado el formulismo por el cual cuando se pregunta a cualquiera por la calle qué clase de música le gusta la respuesta siempre es la misma, un entusiasta "¡escucho de todo!" El inmovilismo dogmático favorece el Status Quo y el sectarismo de, digamoslo sinceramente, la intrascendente pero no por ello menos bochornosa prensa musical española, que haciendo gala de su incongruencia lleva años empeñada  en que los beatles compitan con Led Zeppelin o Rolling Stones como mejor banda de rock de la historia para no tener que aceptar en otro caso que tras los de Liverpool, todo el pop del mundo mundial no vale una puta mierda. Y no es de extrañar una actitud tan... extrema en aquellos que pretenden ganarse la vida escribiendo honestamente sobre música y siguen flipando con pet shop boys, george michael, u2, coldplay, etc.
Así que, cuando todo es cuestión de congruencia, sólo me cabe el placer de remarcar las palabras de Jack Black en la película Escuela de Rock: "El rock es cagarse en ellos". Sin animadversión, ni cuentas pendientes que saldar... Mientras no tienes otra cosa mejor que hacer sentado en la taza del water...con una revista en la mano.