miércoles, 11 de agosto de 2010

LOS DIAS Y LAS NOCHES PERDIDAS

Yo era un escritor promesa antes de que la hoja en blanco se emborronara con los pensamientos de cualquiera, antes de pensar en editar mis lamentos y miserias, antes de creer que podía ganarme la vida acusando al mundo por su pena impersonal. Antes de que nadie leyera una sola frase mía todos los libros escritos se habían rendido a la verdad de mi prosa. La cultura se había redimido de la imagen a la que se había vendido y que tenía que traducir mis palabras en números, cuentas y tiradas, en un mercado depositario de la cultura-tortura que velaba por todos los autores en la feria del libro.
Antes de escribir nada, todo era posible. Leer siempre me había salvado de todo. Escribir me exponía a un caos calculado y enfermizo. Huía hacia delante devorando lo que se ponía por medio. Todas las canciones que excitaban mi rabia juvenil acabaron por aburrirme. No encontraba respuestas. Quizá llevaba demasiado tiempo en el mismo sitio, y los colores tornaban en azules pálidos, grises vaporosos y blancos húmedos y blandos. La oscuridad era tan solo un bostezo molesto. Y había humo por todas partes. Mis ropas, mis cabellos, mis días, olían a humo. Y si por si creía que un poco de sexo lo arreglaría todo es porque no comprendía demasiado bien la torturante y reiterativa avidez de su deseo. Su origen. Esta debería haber sido una metáfora inexplicable, retórica; un misterio formal, estético. Algo infinito. Un poema; algo invisible pero presente. A  lo mejor lo hubiera llevado mejor de esa manera.
Durante los días y las noches perdidas en los templos de la destrucción podría haberme quedado allí y ver el final de los tiempos, sin nadie a quien abrazar, sin nadie a quien coger de la mano, sin nadie que me besara de verdad. La velocidad de mis ojos disminuía con el paso de las horas, aunque no se detenían en nada en particular. Se volvían hacia el interior. Aquello no era un sueño. No conocía a nadie. Ni siquiera la monotonía me ayudaba a conocerme a mí mismo.
Por eso sigo intentándolo palabra por palabra como un gilipollas que no se entera de la misa la media. Porque, afortunadamente, en el origen de todo se encuentra un niño al que tienes que explicarle todo una y otra vez.