sábado, 21 de agosto de 2010

EL RETRATO DE DORIAN R

Mi padre era un trozo de carne que Dios había abandonado en el sofá del salón, un trozo de carne en bruto, una vaca despellejada y descolgada de su gancho en el matadero, muda y sin ojos en sus cuencas que absorbían como si fueran dos pequeños agujeros negros toda la mierda que se emitía por televisión. Un trozo de carne pesado, acojonante. Cada vez que se movía para acomodarse era como si la montaña se dispusiera a partir al encuentro del profeta. Su movimiento modificaba ondas invisibles a nuestro alrededor. De esta forma percibía sus movimientos a ciegas, desde mi habitación. Mi padre era carne, era cuerpo, era peso, y no podía con estas tres limitaciones... Y por lo visto, su corazón tampoco.
Iban a operarle, y nadie vuelve a ser el mismo una vez operado, nuevo y sin reparar. Le miraba y se me antojaba que lo más aproximado a la idea de destino era la información genética. Él era dueño de una voz cavernosa y sus silencios me convirtieron en un hombre sin demasiadas cosas que decirle. Me entrenó para que fuera el mejor, pero no estaba orgulloso de lo bueno que era capaz de ser porque me entrenaba para que fuera todo lo bueno que él nunca llegó a ser.
Después de la operación, con mi padre echo polvo, jodido pero bien, cadavérico, y con una cicatriz en el pecho, constaté aliviado que, seguramente, sobreviviré a mi padre, y desde mi punto de vista jamás seré tan viejo como él. Recordé que solía decirme que la humildad la entendían mejor los jugadores modestos. En aquella habitación de hospital entendí qué quería decir con éso. Mi padre sabía muy bien de qué hablaba. De su propia vanidad. Motivo por el cual no tendré que esconder mi retrato en el desván.