lunes, 16 de agosto de 2010

DOMINGO

El séptimo día hay que intentarlo con más ganas aún si cabe, como si se fuera a acabar el mundo mañana o este no fuera suficiente para ti. Dejé de escribir un domingo, hace tiempo, cuando todos los satélites meteorológicos amenazaban con el lunes al día siguiente. Con una palabra basta para librarte del síndrome dominical la víspera de un examen. ¡Adelante! Sólo con aprender algo un domingo puedes ganar una guerra.
Hoy en día los cines se han convertido en establos. Y no parece importarle demasiado a quienes hacen bandera y defienden un socialismo cultural contributivo al amparo de una industria deficitaria que tiene que darles de comer y defender su propia identidad al mismo tiempo. Una realidad que parece no ser del gusto de la mayoría del público. Aún y así no cejan en su empeño los mártires del positivado nacional. Y si es necesario, en primera fila están preparados para soltarnos el discurso de la vergüenza los que nunca han buscado otra bandea que izar, rebeldes sin causa, familia y compañía artística, todos reunidos para recordarnos la importancia de los premios recogidos por su trabajo fuera de nuestras fronteras (además de los recibidos a imagen y semejanza en su propia gala anual) y el peso que hemos de reconocer por ello en su punto de vista sobre un modelo de financiación simétricamente opuesto en nuestro país.
Si en verdad los sueños cine son, en España estamos abonados a una suerte de la saga Pesadilla en Elm Street. Bien lo sabe Juan Marsé, Premio Cervantes, crítico con el paso de su obra por la cabina de proyección, y triste y absolutamente ignorado en su opinión sobre el estado actual del cine español por los mismos que han conseguido hacer del cine una causa de fuerza política, de lo ganado y lo debido, en un país tan dado al victimismo, donde la etiqueta de intelectual parece ser exclusiva del progresismo más reaccionario.